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La excelente serie Narcos: México empieza en el lugar donde el narcotráfico debió conservarse siempre en nuestro país: bajo el control monopólico de alguien.

Ese alguien fue a fines de los 70 y principios de los 80 del siglo anterior el sinaloense Miguel Ángel Félix Gallardo, El Jefe de Jefes, interpretado en la serie por Diego Luna, con un inspirado toque cerebral, ominoso y melancólico.

Félix Gallardo había logrado poner de acuerdo y en una sola organización a los narcos de todas las zonas y ciudades donde se producía y se pasaba droga hacia Estados Unidos, entonces fundamentalmente mota y goma de amapola.

La Federación de Félix Gallardo puso fin a las guerras intestinas y le dio al pujante mercado ilegal el profesionalismo, el orden y la “normalidad” que necesitaba en materia de violencia y costos colaterales.

Era un mercado binacional, donde México ponía la producción y el trasiego, y Estados Unidos, el consumo.

El monopolio es indeseable en los mercados legales porque destruye la calidad y la competencia. Por la misma razón es deseable en los mercados ilegales, porque ahí una mayor competencia sólo quiere decir más bandas peleando a tiros por el mercado en el espacio público.

Esto último es lo que ha sucedido en México con la prohibición y la persecución del narcotráfico, y también lo que sucedió en Colombia .

La estrategia estadunidense, impuesta en ambos países, fue descabezar y fragmentar a los cárteles para debilitarlos. No hizo sino multiplicar y expandir los huevos de la serpiente.

La Federación, de Félix Gallardo, llegó a ser el único cártel del país. Mantenía prácticamente en cero la violencia dentro de sus filas. Hoy hay más de 250 bandas criminales en el país y dos grandes cárteles en feroz guerra intestina.

Narcos: México cuenta la forma cómo fue construida La Federación y cómo empezó a ser destruida, por sus propios errores, por la sicopatía inherente al personal y porque el tráfico de la coca colombiana se mudó a México, junto con la vigilancia y la persecución estadunidenses que habían desbaratado antes a Colombia.

Si las décadas de persecución del narco hubieran bajado en algo el consumo americano, Washington podría decir que algo ganó con inducir estas catástrofes.

No fue el caso, ni lo será.

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