Minuto a Minuto

Deportes Jornada 8 del Clausura 2026 de la Liga MX: Cruz Azul, nuevo líder general
Cruz Azul derrotó a los Rayados de Monterrey para asaltar el liderato general del Clausura 2026 de la Liga MX
Internacional Televisión pública iraní confirma la muerte del ayatola Alí Jamenei
La televisión pública iraní confirmó la muerte del ayatola Alí Jamenei, tras los ataques realizados por Estados Unidos e Israel
Nacional Aseguran más de 240 kilogramos de droga en Cabo San Lucas, BCS
Secretaría de Marina y autoridades de Baja California Sur aseguraron armas y 240 kilos de droga en Cabo San Lucas
Nacional Jalisco está de pie, será la mejor sede del Mundial 2026: Pablo Lemus
El gobernador Pablo Lemus afirmó que el pueblo de Jalisco fue solidario y responsable durante los hechos del domingo 22 de febrero
Internacional Un muerto y 11 heridos en los aeropuertos de Abu Dabi y Dubái tras ataques de Irán
Dichos ataques en Abu Dabi y Dubai son una respuesta a los bombardeos sobre Irán la mañana del sábado 28 de febrero

Vi de un tirón la serie Narcos México, toda una mañana de domingo, sin poder despegarme de la invitación al siguiente capítulo.

Me había pasado lo mismo con la serie previa, Narcos, dedicada a la catástrofe colombiana, tan anticipatoria de la nuestra.

Sucede con estas series lo que en ninguna otra que yo haya visto sobre el manido tema: los narcos comparten papeles estelares en el ciclo catastrófico del narcotráfico con sus perseguidores: la embajada estadunidense y los agentes de la DEA (de la CIA también, en el caso colombiano).

La causa eficiente de ambos desastres nacionales es la actividad de estos agentes y la presión continua de la embajada estadunidense sobre los gobiernos locales para que persigan, arrinconen, detengan o maten a los terribles narcotraficantes que viven, bajo la presión, su propia historia loca de ambición, crueldad, dinero y sangre.

Ambas series están narradas, con ironía y eficacia, precisamente por agentes de la DEA. Al menos la mitad de la trama da cuenta de la vida de estos agentes y de su febril persecución, sus labores de inteligencia a menudo ilegales, sus acciones coordinadas o escondidas respecto de los gobiernos con que colaboran.

Son claras la corrupción y la correspondiente falta de urgencia de funcionarios, policías, soldados para perseguir a los narcos con la intensidad perruna que exigen sus imperiosos visitantes.

A juzgar por las consecuencias de la persecución en ambos países, y en ambas series, quienes tenían razón desde el inicio en aquella guerra eran quienes no querían librarla, quienes no veían en el narcotráfico la ballena blanca del capitán Ahab, el símbolo del mal que había que matar, sino simplemente una realidad de mercado en la que, bien visto, todo era ganancia: para los narcos, para sus cómplices locales, para sus socios estadunidenses y para los consumidores.

La violencia vinculada al narcotráfico que ha hecho la desgracia de los dos países empieza con la persecución y la presión estadunidense.

En el caso colombiano la persecución conduce por un momento a la casi destrucción del Estado; en el caso mexicano, al estado de violencia sin fondo que padecemos.

Las series ponen el punto en su lugar. Nada ha hecho tanto daño en esto como la injerencia estadunidense.