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Las dos grandes promesas de campaña, los dos asuntos fundamentales por los que el electorado diluyó a la partidocracia y entregó un alto voto de confianza a López Obrador en las elecciones de julio fueron la corrupción y la violencia.

Los votantes depositaron en el ganador al mismo tiempo la confianza y el mandato para que resolviera esas dos plagas, surtidores gemelos del hartazgo, el sufrimiento y el horror que se derramaban por todos los bordes de la conciencia pública. Fueron los grandes cauces del veredicto electoral del 1 de julio, las joyas de la corona de 53 por ciento para AMLO: terminar la corrupción y contener la inseguridad, regresando al Ejército a sus cuarteles.

Transcurridos solo cuatro meses de aquel momento electoral, el Presidente electo ha dado a los dos temas soluciones que suenan del todo contradictorias con sus promesas. Ha ofrecido borrón y cuenta nueva a las corrupciones del pasado, dejando en vigor solo aquellas que están ya desahogándose en procesos judiciales.

Puede decirse cualquier cosa de esa oferta de perdón, salvo que no defrauda soberanamente las promesas hechas en campaña. Algo muy parecido a lo contrario de lo ofrecido están recibiendo los votantes de López Obrador respecto a sus promesas en materia de lucha contra la inseguridad, desmilitarización y pacificación del país.

Hay muchos matices que revisar y entender cabalmente en las propuestas del programa de paz anunciado hace unos días, pero ninguno compensa su elección fundamental: entregar a un cuerpo militar bajo el mando de la Sedena las tareas de seguridad pública y de combate a la violencia en el país.

Dice el Presidente electo que nunca ha cometido un fraude electoral. No quiero abusar del lenguaje, pero su adopción de soluciones contrarias a las que prometió como candidato, se parece bastante a una defraudación de las promesas que hizo a sus electores, y éstos le creyeron, en materia de corrupción y de inseguridad.

Las contrapropuestas de marras no se han cumplido, solo se han anunciado. Supongo que los votantes de AMLO se sentirán defraudados. Tendrán razón: los anuncios del Presidente electo defraudan a sus electores, son una forma de fraude poselectoral.