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Hay linajes de escritores. Hay los de la puerta de marfil, por donde cruzan los sueños y la fantasía, y hay los de la puerta del cuerno, por donde cruzan los hechos y la historia.

Hay también los linajes de la brevedad y la concisión, donde viven Chéjov o Borges, y los de los potentes retratos de su tiempo, donde están Dickens y Balzac.

Finalmente hay los escritores que hacen catedrales, como el Tolstói de Guerra y paz, o el Joyce de Ulises, y autores que se pasan la vida escribiendo un libro inmenso en varios tomos, en el fondo el mismo libro, en algún sentido infinito, como A la busca del tiempo perdido, de Proust.

Terra nostra, de Carlos Fuentes, es uno de esos libros catedrales de la lengua española. Paradiso de Lezama Lima, otro. Son libros catedrales de la lengua.

Fernando del Paso es un autor que escribió tres libros catedrales en su larga vida de escritor. Tres catedrales distintas, cada una única en su género, cada una suficiente para agotar la vida y las energías de cualquier escritor catedralicio.

Del Paso publicó una catedral de la lengua cada diez años. José Trigo (1966), Palinuro de México (1977), y Noticias del imperio (1987).

Novelas como catedrales: imponentes en su ambición y en su tamaño, sorprendentes en sus detalles, en sus rincones secretos, absorbentes igual por sus grandes trazos que por sus detalles inagotables.

Como Tolstói, como Proust, Del Paso es un escritor de lo gigantesco y de lo pequeño, las muchas páginas de sus libros están hechas de continuos pasajes felices, impecables en su cadencia y su sonoridad, y de una especialidad peculiar de su arte: párrafos que pueden durar una página o más que haya un punto, y sin que se pierdan nunca la respiración ni el sentido de lo escrito.

Creo que se divertía mucho resolviendo retos de escritura pura, de sintaxis desafiante, de enumeraciones enciclopédicas y digresiones sin fin. Gozaba cada ladrillo de sus catedrales. Sus extensos murales están hechos de perfectas miniaturas.

Del Paso es el arquitecto mayor de nuestras letras.