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El Águila Blanca
Foto de Ana Paula Cámara

La noche estaba con una temperatura tibia, ese punto agradable entre el calor infernal y el frío infame, había un espiral de agitación, las luces de la ciudad de la furia parpadeaban en una melodía fúnebre, todas las corporaciones habían movilizado a su personal, estaban bajo ataque.

El Matra no dejaba de sonar, se reportaban demasiados eventos en todos los puntos de la ciudad, compañeros pedían apoyo para ellos, para otros compañeros, se daban indicaciones de búsqueda de vehículos para revisión de civiles que circulaban por la ciudad, se alertaba de amenazas latentes en los edificios gubernamentales contra todo el personal sin importar el rango o el puesto.

En la radiofrecuencia insistentemente sonaba un corrido norteño que en lo personal me provoca escalofríos, el llamado “El Águila Blanca” que presagia siempre el ataque a las corporaciones.

A nosotros nos habían convocado a una colonia antigua, a un barrio viejo al centro de la ciudad, se reportaba un evento donde habían atacado a una familia abordo de una camioneta.

Inicialmente nos informaron que eran cinco víctimas, la Policía Municipal había delimitado cincuenta metros a la redonda para cercar el área.

Al ser el primer respondiente, había colocado el cordón amarillo, que avisa que un delito se cometió. Se había acercado el cuerpo de paramédicos y declararon que no había sobrevivientes.

El trayecto desde el laboratorio al centro de la ciudad comúnmente se realiza en 15-18 minutos siendo precavidos al conducir; esta vez, la adrenalina, el miedo en la piel, el terror porque conocemos lo que sucede y la expectativa de no saber qué nos vamos a topar hizo que el trayecto lo recorriéramos en 27 minutos. No es un acto de cobardía, es un intento de preservación de la vida.

Al arribar, teníamos a la vista una camioneta Explorer con numerosos huecos en la carrocería por impactos de arma de fuego, todos iban dirigidos al conductor.

En un efecto colateral, acabaron con la vida de los demás tripulantes: tres menores de edad, un niño de ocho años, una niña de seis y una adolescente de trece años fueron asesinados en el asiento trasero por disparos que impactaron sus extremidades cefálicas.

Dentro del terror, tuvieron una muerte rápida e indolora.

La femenina que iba de copiloto no tuvo tanta suerte, murió desangrándose, un impacto en la zona del cuello donde se encuentra una arteria, eso le dio una muerte lenta y dolorosa.

El conductor era un masculino de entre 40-45 años, complexión robusta, vestimenta deportiva, una gorra de un equipo de béisbol local.

Numerosos tatuajes con motivos circenses se apreciaban a simple vista en los antebrazos, quedó inclinado hacía el lado central de la camioneta, en un afán de protegerse de los impactos, se apreciaban desde la extremidad cefálica hasta el área dorsal.

Al acercarme a realizar la fijación fotográfica, reconocí a la víctima masculina, era un pandillero local, se hacía llamar ‘El Payaso’, había pasado de ser un asesino a sueldo a ser asesinado junto a su familia.

El Matra seguía sonando, se reportaba otro evento al que debíamos acudir debido a la cercanía, no podíamos permanecer mucho tiempo ahí.

Nuestra seguridad no puede quedar a la deriva, procesamos conforme al protocolo, levantamos la escena y nos acercamos a la siguiente.

La ciudad de la furia seguía furiosa y nosotros, llenos de miedo, seguimos trabajando por un país menos jodido desde nuestra trinchera.