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Una virtud de la biografía de Tello sobre Porfirio Díaz (volumen II. La ambición, Debate, 2018) es acercarnos al personaje de carne y hueso en todas sus facetas.

Aquí está el héroe de la guerra, pero también el hombre de familia. El político ambicioso, pero también el amigo desinteresado. El personaje exento de temor ante el peligro, pero también el hombre que se echa a llorar cuando habla en público. El ambicioso incesante que busca el poder, pero también el apacible hombre de campo y de familia, cuidadoso de sus afectos y de su patrimonio.

La suma de todo esto es el político excepcional capaz de leer su tiempo y apropiárselo, al punto de cubrirlo con su nombre y precipitar luego su destrucción.

La apropiación y el despeñadero sucederán en el tercer tomo de Carlos Tello. Lo que sucede en el segundo es la historia de cómo el héroe militar de la reforma y la intervención, visto con recelo y dureza por sus célebres contemporáneos (Juárez y Lerdo), se siente “despechado, muy despechado” por éstos y, luego de una aciaga temporada familiar en que pierde a dos hijos de cuatro meses y dos años, endereza su ambición a buscar la Presidencia que Juárez quiere conservar reeligiéndose, y Lerdo ganar, desplazando por igual a Porfirio y Juárez.

Un rasgo notable del relato, en el estilo imparcial y terso de Tello, es cómo, al paso de sus páginas, los grandes nombres, en particular Juárez, bajan de sus altas estatuas y sus inalcanzables pedestales: dejan de ser héroes de bronce consagrados por la historia y se vuelven solo políticos en busca de poder.

También, y esto es igual de importante, la forma en que se asumen como heraldos de lo que cada quien juzga lo mejor para la República, coincidente siempre, también, con su propia causa.

No hay prestigios preponderantes o méritos indiscutibles en estos años. Todo está en juego otra vez a ras de tierra. La obsesión común a todos los participantes visibles es el rasgo común a su tiempo: la imparable ambición de gobernar y la invencible dificultad de hacerlo.

Porfirio Díaz encontró la solución de cómo gobernar su país ingobernable, la ejerció 25 años y se ahogó luego en ella.