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El puño en alto: 19 de septiembre de 2017
Foto de internet

Son las 13:14:40 h del 19 de septiembre de 2017 en la Ciudad de México, aunque bien puede ser Morelos, Puebla, Estado de México…  

Apenas habían pasado poco más de dos horas del simulacro que conmemoraba el terremoto de 1985, el cual suponía un sismo de 8.1 grados de magnitud. Algunos de los vecinos de tu edificio se la pasaron jugando o ni siquiera salieron por desidia. “Al fin que ni sirve para nada”, dicen algunos. 

Lo que siguió a partir de las 13:14:40 h es algo borroso y confuso. Primero viene a la mente ese pequeño mareo que confundes con la presión, pero que va creciendo hasta que te hace perder el equilibrio. Ya para entonces todo se mueve y tu departamento comienza a crujir.

Suena la alerta sísmica, pero sabes que ya es demasiado tarde y comienzas a sentir una ansiedad desconocida hasta este momento. Está temblando y tienes que decidir ya: me quedo o salgo del edificio, y decides por esta última.

Comienzas a bajar por la escalera y murmuras lo que parece ser una oración o una sarta de groserías. Avanzas dos pasos, pero das otros cuatro para atrás. Escuchas a tus vecinos gritar, otros lloran y algunos más corren desesperados por su vida. Uno de ellos te alcanza a empujar, pero logras mantener tu equilibrio agarrándote del barandal.

Cruje el edificio, la escalera y sientes que hasta tu cuerpo también. Como sea logras salir a la calle. Poco a poco deja de moverse la tierra, y con ello viene un silencio que nunca habías escuchado. Metros más adelante, alcanzas a ver una gran cantidad de polvo, pero todavía no sabes de dónde proviene.

Intentas recobrar el aire, pero no puedes porque tienes un nudo en la garganta. Cuando lo haces, sacas tu celular y te das cuenta que no tienes señal para realizar llamadas, por lo que intentas comunicarte con tu familia, tus amigos, tu novio o novia, mediante WhatsApp o por cualquier otra aplicación.

Mientras contestan, buscas información de lo que ocurrió: el sismo fue de magnitud 7.1, a una profundidad de 57 kilómetros, situado a 12 kilómetros al sureste de Axochiapan, en el límite de los estados de Puebla y Morelos, y a 120 kilómetros de la Ciudad de México. 

De la nada tu timeline se vuelve loco y es cuando te das cuenta del tamaño de la destrucción que ocasionó el sismo: videos y fotos de edificios y casas colapsados en la Roma, Condesa, Narvarte, la delegación Tláhuac completamente partida, un colegio de niños colapsado.

Varios gritos te sacan de tu concentración: “¡Necesitamos ayuda!”, alcanzas a escuchar. Acto seguido observas a varias personas correr en una sola dirección. Tienes curiosidad y trotas unos 200 metros por la calle. Entre el denso polvo logras ver el horror frente a tus ojos: es un edificio está colapsado. Las sirenas comienzan a sonar.

Las personas comienzan a agolparse en el lugar y a escalar en los escombros, comienzan a retirar piedras, otros gritan “¿Hay alguien ahí?”. Decenas más comienzan a llegar y uno de ellos clama intentando cargar una pesada losa: “Ayúdenme a levantarla”, entonces que tú y otros cinco más van en su ayuda, sin pensarlo, sin condiciones, sin conocerse.

Son las 13:24:40 del 19 de septiembre de 2017. No imaginas que es el inicio de largas jornadas de drama, tragedia, angustia, ansiedad, de días sin dormir, sin comer, del cuerpo que ya no puede más; pero también lo serán de organización, heroísmo, de unión, de volver a levantarse, pero sobre todo, del puño en alto.

Por Roger A. García Martínez