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Al empezar la Primera Democracia mexicana, el PRI perdió la Presidencia pero conservó el gobierno de 29 estados de la República. Al terminar la elección de 2018, conservará probablemente solo 11: Campeche, Coahuila, Guerrero, Hidalgo, Edomex, Oaxaca, San Luis, Sinaloa, Sonora, Tlaxcala y Zacatecas.

Morena, el partido mayoritario emergente, ganará probablemente cuatro: Chiapas, Tabasco, Morelos y Ciudad de México.

Los demás estados, tantos como 17, estarán quizás en manos de gobernadores del Frente en su sentido amplio: gobernadores del PAN, del PRD, de Movimiento Ciudadano o de alianzas entre ellos y con otras fuerzas.

Imposible adivinar la correlación que surgirá del continente electoral de los municipios en disputa, aunque es claro que el partido ascendente, capaz de dar sorpresas en los lugares más inesperados, es Morena.

Si gana la Presidencia, Morena tendrá más poder que el que le dan los votos. No es difícil imaginar, después de la victoria, un éxodo hacia Morena de los derrotados, en especial del PRI, y la apariencia al menos de una gran restauración de talante priista, con un presidente poderoso y un Estado interventor.

La pregunta es ¿cómo será realmente esa restauración en manos de Morena, un partido en formación, donde lo único definido es el líder?

De ganar Morena, parece claro ahora que el polo opositor estará en lo que se mantenga del Frente y en las bancadas del Congreso que no se acerquen a buscar alianzas con Morena.

El Frente no garantiza hoy su continuidad en el tiempo como una entidad distinta de los partidos que la integran. La derrota puede simplemente dispersarlo, regresando a cada quien a su casilla partidaria.

Muchos de sus políticos en activo mirarán como una tabla de negociación hacia el Presidente y hacia el nuevo partido dominante de México, el cual está comprobadamente dispuesto a aceptar todas las contriciones.

La suma de Morena, lo que quede del PRI y lo que se desprenda del Frente, más el oportunismo de los partidos pequeños, puede configurar en los años que vienen la restauración de una hegemonía política inesperada, no prevista por las reglas de la Primera Democracia.

Poderosa la costumbre política de México: hemos dado una vuelta por la democracia para regresar, por ese camino, con otros ropajes, a las creencias y los linajes del viejo PRI.

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