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Desde la noche de antier hubo quienes me supusieron indignado por los ocurrentes memes y animaciones a mis costillas, tomados del vecindario cibernético en que no estoy, a propósito de la charla que sostuvimos reporteros y colaboradores de MILENIO con Andrés Manuel López Obrador.

Y comenté que más bien me divirtieron.

Disfruté menos las roñosas líneas que llegaron a mi correo electrónico, escritas por pedestres que se sienten más lopezobradoristas que López Obrador, algunas de las cuales tuvieron puntual contestación.

Ayer, gracias a Roberto López, recordé que hay un usurpador que con mi nombre y fotografía tuitea no sé qué y entabla diálogo con ingenuos seguidores (también esto me divierte).

Hay también quienes interpretan mis intervenciones y gestos en la charla (que disparó el arranque anticipado de las campañas) como “enojo”, y que se me pasó la mano con nuestro invitado.

Lo cierto es que soy un apasionado de la libertad, en particular la de expresión, y que prefiero la espontaneidad.

Algo parecido viví ya, por ejemplo, con mi plática en Alaska con el presidente Peña Nieto…

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