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Enrique Peña Nieto jugó engañando con la verdad, inclusive previniendo contra “los despistados”.

Dio por fin el primer paso público de su sucesión, permitiendo que el propio José Antonio Meade se destapara.

Haberle confiado tres secretarías de Estado, así como hacer ad hoc las reglas de su partido, parece haber sido con ese propósito: que un hombre sólidamente fogueado en funciones de alta responsabilidad pudiera encaminarse hacia Los Pinos.

Meade es en rigor el primer precandidato apartidista… pero arropado por la curtida estructura del PRI más, obviamente, por los panistas desafectos de su dirigencia y ciudadanos hastiados de los políticos.

No es el caso de otros aspirantes: Margarita era panista, Moreno Valle sigue siéndolo, El Bronco fue priista, Anaya lidera el PAN, Graco es perredista y Andrés Manuel es Morena.

De no ser Miguel Ángel Mancera, nadie como Meade puede ufanarse de ser ajeno a las devaluadas militancias partidistas, y su habitual bajo perfil quizá sea su mejor carisma…

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