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No deja de admirarme, en el curso de una guerra contra el narcotráfico que dura ya varias décadas y que ha producido decenas de miles de muertos, la invisibilidad prodigiosa de que gozan, en la opinión pública y en el discurso gubernamental, las agencias estadunidenses radicadas en México, que son parte fundadora y fija de la misma guerra.

Sabemos que operan en México esas agencias, en particular la Drug Enforcement Agency, la famosa DEA. Sabemos que sus vínculos de colaboración con las instituciones de seguridad mexicanas son cotidianas, con frecuencia imperativas, y estratégicas.

Son esas agencias, en particular la DEA, las que han hecho el diseño de nuestra guerra, las que exigen resultados en ella, las que aportan información fundamental de inteligencia y espionaje para los operativos del Ejército, la Marina y la Policía Federal.

Son agencias decisivas al punto de que, sin ellas, sin su intervención y su presencia en México, probablemente nuestra guerra no existiría.

El milagro de opinión pública y de complicidad política consiste en que estos actores fundamentales de la guerra no aparecen nunca en ella.

No son parte de la indagación de los medios, de la información oficial del gobierno ni del más mínimo intento de inspección por parte de las comisiones de seguridad, derechos humanos o relaciones exteriores del Congreso.

Mucho menos aparecen mencionadas en la voz de alguno de los gobernadores o alguno de los congresos estatales afectados por esta larga y renaciente masacre.

El tamaño de la aberración política y de opinión pública que esto supone puede medirse pensando qué pasaría en los medios y en el Congreso estadunidense si el gobierno mexicano pidiera autorización para que una red de policías mexicanos, expertos en el narcotráfico, operara en ese país: en busca de criminales que persigue la justicia mexicana o en simple oferta de colaboración institucional con las agencias de seguridad de aquel país.

El milagro de la invisibilidad de la DEA y sus hermanas ha vuelto a producirse en México en estos días con la captura del ahora famoso Licenciado Dámaso López, en Ciudad de México, y de un “operador”, David N, alias El Pollo, detenido por la Marina el mismo día en El Dorado, Sinaloa, y muerto de un infarto, durante su traslado.

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