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Los dos grandes linajes históricos del PRI son el estatismo nacionalista y el liberalismo corporativo.

El primero cree en la construcción de la igualdad  social, dentro del capitalismo, desde la cúpula del Estado.

El segundo cree en la liberación de las fuerzas capitalistas, con inclusión social, desde la misma cúpula del Estado.

Un PRI es del linaje de Lázaro Cárdenas, presidente mexicano de 1934 a 1940. El otro PRI es del linaje de Miguel Alemán, presidente de 1946 a 1952. El PRI es y sigue tratando de ser Alemán.

En el PRI son dirigistas y autoritarios, aunque hayan perdido con el tiempo la autoridad y la capacidad de dirigir desde el Estado.

Al priismo filocardenista lo rondan las deformidades del estatismo, del autoritarismo y de la corrupción. Al priismo filoalemanista lo rondan las deformidades del liberalismo, del autoritarismo y de la corrupción.

Sé que repito palabras de alta significación, pero es imposible hablar de la escisión histórica del PRI sin repetir palabras que aluden al piso común de sus linajes.

La historia interna del PRI fue por décadas la oscilación pendular entre uno y otro paradigma, uno y otro énfasis: el estatista corporativo o el liberal corporativo.

Al final, simplifico otra vez, el linaje del priismo filocardenista quería un país estatista, agrario, obrerista, de derechos colectivos y espíritu anticapitalista.

El linaje del priismo filoalemanista quería también un país estatista, pero inclinado a restituir derechos de propiedad y de inversión, derechos individuales y empresariales, ajenos o contrarios a los derechos colectivistas del linaje cardenista.

La incompatibilidad profunda de los dos linajes explotó en el año de 1988, cuando el linaje filocardenista puso casa aparte, disputó y terminó la hegemonía de ese PRI dual que compartía en su seno los dos linajes, en rigor incompatibles. Simplifico para explicarme, pero quizá no exagero.

El linaje filocardenista resurgió en la escisión de 1988, origen del PRD y de casi todo lo que seguimos llamando la izquierda mexicana.

Ese linaje sigue vivo en la candidatura de López Obrador, quien hace unos días dijo que, en efecto, quería regresar al pasado.

Lo dijo en un pueblo que tuvo trenes y ahora no los tiene. Lo dijo, creo yo, desde el fondo de su corazón filocardenista.

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