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Fidel Castro era la reliquia viva de un mundo ido en todas partes, menos en Cuba, cuya historia congeló.

Cuba es la ruina viva de aquella Revolución que quiso cambiarlo todo y lo cambió para mal: para no cambiar, para meter a la isla prodigiosa en un túnel de tiempo inmóvil donde solo Fidel y el deterioro ejercieron su dominio.

Castro fracasó en todo lo que quiso, menos en su minuciosa ingeniería de retención de poder. Fue una hazaña mayúscula en un tiempo de cambios aluviales: la guerra fría, el fin de la guerra fría, la revolución neoliberal, la revolución tecnológica, la era del internet y del “terrorismo global”.

Castro mantuvo a Cuba fuera del mundo precisamente durante las décadas en que fue imposible para todos quedarse fuera del mundo.

Fue una hazaña pírrica, cuyos costos su país ha pagado por décadas, y seguirá pagando, porque Fidel Castro ha muerto pero su herencia de aislamiento, opresión, privación y atraso sigue viva.

En sus primeras reacciones al hecho, le sorprendió a Yoani Sánchez, heroína de la sociedad civil cubana en la era de internet, el contraste entre los reconocimientos mundiales al tamaño de Castro, y el silencio, la indiferencia, el luto discreto, la contención de las emociones que brotaban de Cuba por esa muerte, antes de que empezara la celebración oficial.

Me sublevan intelectualmente la celebraciones públicas del tamaño histórico del personaje junto al olvido del sufrimiento concreto de la dictadura castrista: la opresión, la escasez, la crueldad burocrática, la minuciosa vigilancia de la vida privada y de las costumbres públicas.

Me hacen sonreír los alegatos por las grandezas educativas y sanitarias de la Cuba revolucionaria, en un país donde no han existido todos estos años ni la industria editorial de lengua española ni la posibilidad de ponerse al día en equipamiento de hospitales y farmacias.

Me preocupa el lugar reverencial que tiene todavía  Fidel Castro en la cabeza de América Latina, como si tanta gente atenta a la política y la historia no pudiera todavía reconocer el desastre titánico de aquella Revolución que fue un día, hace mucho tiempo, nuestra soberbia y nuestra esperanza.

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