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El federalismo mexicano ha alcanzado en estos días un doble techo: de simulación y de viabilidad financiera.

El espectáculo de gobernadores prófugos o presos, que dejan tras de sí gestiones de gobierno catastróficas, tiene un rasgo común: todos han convertido su autonomía política alcanzada durante la democracia en irresponsabilidad financiera.

En todo hay rankings y en esto también. Hay los gobernadores delirantes, los simplemente locos y los nada más irresponsables. Pero todos los estados de la unión han llevado al extremo en estos años sus dos debilidades históricas: ni recaudan impuestos ni aplican la ley.

Todos han multiplicado sus deudas sin mejorar sus ingresos. En la época en que más dinero han recibido de la Federación, más insolventes son.

El mecanismo típico ha sido multiplicar sus deudas bancarias dando como garantía sus participaciones federales, bursatilizar sus servicios públicos y hacer crecer la cuenta de sus proveedores.

En todos los casos, sus congresos locales, encargados de aprobar las cuentas, han sido cómplices más que contrapesos. Y todos, el que más y el que menos, tienen tesorerías en crisis, son financieramente frágiles o están quebrados, en la época en que han tenido mayor autonomía y mayores recursos.

El caso de Veracruz es delirante y será probablemente el que empiece a marcar la pauta del techo, el no va más, del federalismo mexicano actual.

Al menos eso anuncia la respuesta de Hacienda, y del propio Presidente. A los llamados de rescate del nuevo gobierno de aquel estado.

Le responden: habrá ayuda, pero no habrá rescate. El secretario de Hacienda señala los caminos alternos, citados por María Amparo Casar: “Acceder a los mercados, reducir su gasto, fortalecer los ingresos propios, pedir un adelanto de las participaciones, buscar créditos de corto plazo o recurrir a la banca de desarrollo” (http://bit.ly/2g8349V).

Yo leo en esta decisión el principio del fin del federalismo que conocemos, por la más ruda de las razones: no hay dinero para seguir la fiesta.

Tampoco hay ya tolerancia al espectáculo de estados quebrados y gobernantes ricos. Hay avidez pública, en cambio, de gobernadores prófugos, presos o en vías de estarlo.

Mi impresión es que se trata  de una crisis terminal.

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