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Trump y su gobierno pueden ser la llamada congregatoria que la fragmentación y la discordia mexicana necesitan para repensarse, redefinirse, realinearse.

Sorprende la pérdida de instintos políticos en la materia, la pasividad de la clase política y de la sociedad ante el regreso del “americano feo”, fantasma aborrecido, peculiar de nuestra historia.

No sé si extiendo de más mis propios sentimientos, pero creo que el repudio que los mexicanos pueden tener en este momento por la figura de Trump es mayor que el que produce casi cualquiera de nuestras rencillas internas.

Extraño la convocatoria política de un pacto nacional de rechazo a Trump. Extraño también lo que hubiera sido casi automático en otros tiempos: pequeñas o grandes manifestaciones en las calles, mítines en las universidades, manifiestos en los círculos intelectuales, para repudiar políticas estadunidenses que se juzgaban lesivas para México, como la intervención de Reagan en Centroamérica, o inaceptables para el mundo, como la guerra de Vietnam.

Mucho más rápidos y efectivos, dignos de observar y de imitar, han sido los reflejos del antitrumpismo estadunidense, que ha sacado multitudes a la calle, y va registrando en la prensa no solo las decisiones de Trump, sino todas las reacciones adversarias o simplemente críticas que brotan de la misma sociedad estadunidense, entre los académicos y entre los expertos, a veces entre los mismos republicanos, triunfadores con Trump.

Nuestra prensa de opinión ha tenido en esto un mejor desempeño que nuestra prensa de información. Debo celebrar, chovinistamente, que el diario MILENIO haya abierto un espacio generoso para reportar, bajo el título genérico de Transición y riesgos, todo lo que el día trae sobre la transición política estadunidense y los riesgos que ella implica para México.

Creo que los riesgos de esa transición tienen tal profundidad que amenazan transversalmente la sociedad mexicana, sin distinción de clase, condición o partido.

Una convocatoria inteligente a la autodefensa y la solidaridad podría recoger esa transversalidad del repudio a Trump, en un principio de redefinición activa de nuestra relación con Estados Unidos, a partir de la realidad de su nuevo presidente.