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El ataque a Charlie Hebdo a principios de este año trajo al centro del debate el tema de la libertad y sus alcances.

En una columna publicada en The New York Times a unos días de la masacre, que titula “Yo no soy Charlie Hebdo”, David Brooks da ejemplos que muestran cómo en varias universidades de ese país expresiones de crítica a minorías o a grupos religiosos han sido sancionadas. Frente a opiniones que ofenden lo que nos resulta más cercano somos mucho menos tolerantes de lo que decimos ser.

Brooks no avala estas limitaciones, pero argumenta que no a toda la crítica social debe dársele el mismo peso. Hay crítica seria y otra que tiende solo a provocar o incluso a ofender. Corresponde a la sociedad y no a la autoridad discriminar una de la otra. Al final, Brooks opta así por una libertad irrestricta de opinión.

Y digo que opta porque ahí está justo la clave en este debate, que va más allá de la libertad de expresión. Pensemos en el aborto. La defensa que típicamente se hace para defender el “derecho a decidir” se basa en la supuesta neutralidad de ese derecho. Bajo esta lógica, hay libertad para decidir y por lo tanto nadie debería considerarse ofendido.

La realidad es, sin embargo, que esa posibilidad, esa libertad para decidir, es lo que en sí mismo ofende, incluso lastima, a muchos.

Asumir que la libertad es un valor universalmente compartido que no requiere defensa o que puede sostenerse tan solo sobre su supuesta neutralidad es un error.

Por la libertad se opta. Es una decisión que en muchos casos tiene que hacerse frente a otros valores que chocan con ella. A veces hay que escoger entre la libertad y, digamos, las creencias religiosas, los derechos de las minorías o el respeto a la vida “desde el momento de la concepción”.

El dilema a veces está incluso en el ámbito de la vida cotidiana. En México hay quienes preferirían mayor seguridad o bienestar económico a costa de ciertas libertades.

La única posición auténticamente liberal es la que reconoce que no todos somos Charlie Hebdo; que hay que optar y defender la libertad, no por su supuesta neutralidad, sino porque es más lo que como individuos y como sociedad perdemos que lo que ganamos cuando ésta se limita. Esa ha sido la gran gesta de los pensadores liberales.