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La derrota del debate del lunes puede alargarse para Trump. A juzgar por su tono del día siguiente, quedó seriamente herido en su necesidad narcisista de revancha. Y herido del peor modo posible para él: convencido de que su error no fue embestir, sino haber embestido poco.

“Luego de un debate decepcionante, Donald Trump pasa al ataque”, reportó The New York Times (http://nyti.ms/2dxV5Tn).

En la noche misma del debate, al terminar, Trump dijo a las cámaras que quizá se le había pasado la mano de caballeroso y que quizá en el siguiente debate hablaría de los errores de Bill Clinton.

Esa es la gran tentación que ronda su cabeza, las de sus asesores y las de sus partidarios, tentación que podría ser mortal para él, tatuado como quedó en el primer debate por su misoginia y por su tendencia a interrumpir y alzar la voz, asunto que la prensa estadunidense leyó con sutileza como un perfecto espejo de la experiencia diaria cotidiana de las mujeres de ese país: en el trabajo, en la casa, en la escuela.

Al día siguiente de su derrota, Trump volvió a ser el no caballero de siempre, dijo que Hillary era el velero de sus donantes, una mujer chueca de la que había que deshacerse. Pasó al ataque.

Como demuestra su reacción del día siguiente, lo que ronda su cabeza y las de sus asesores es que debe embestir más fuerte.

Rudolf Giuliani, su asesor cercanísimo, es encendido partidario de que lo haga. En una entrevista para el website Elite Daily, Giuliani dijo que Trump había estado “muy reservado en el debate”, que Hillary era “demasiado estúpida para ser presidente” y que Trump debía atacarla por haber cuestionado la credibilidad de la Lewinsky cuando ésta dijo que tenía un affaire con Bill.

Si Trump toma ese camino y embiste doble, la campaña tomará un sesgo de batalla de revista del corazón, pero Trump habrá entrado definitivamente a la parte del ruedo donde lo quiere Hillary, donde lo puso el lunes: embistiendo libremente, mostrándose tal cual es.

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