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Quizá la lección mayor de la parálisis política española es que la excesiva fragmentación política no tiene remedio ni en el régimen parlamentario ni en el presidencial.

La fragmentación es el verdadero riesgo de la gobernabilidad democrática: una mata que parece nacer de la salud política, de la pluralidad, pero termina agrietando los muros y partiendo la casa.

Giovanni Sartori padece en casa propia la fragmentación política italiana. Ha propuesto una y otra vez la solución a este problema: la segunda vuelta. Vuelve a la carga en su reciente y delicioso pequeño libro La carrera hacia ningún lugar (Taurus, 2016). Dice Sartori:

“Existe un sistema que permite e incluso favorece una expresión genuina de las preferencias de los electores. Es el mayoritario de segunda vuelta… Pero no gusta a nadie. Tal vez por ignorancia, pero sospecho que sobre todo porque mandaría a demasiada gente a casa”.

La fragmentación ya ha hecho en México su daño de baja gobernabilidad y gobiernos divididos: gobiernos con minoría cuasi obligatoria en el Congreso.

Peor: ha creado congresos donde nadie es responsable de las posturas de la oposición: todos pueden esconderse en las posturas de los demás.

Pueden bloquear al gobierno juntos sin que se note, y pueden taparse los unos a los otros a la hora de recibir tajadas del presupuesto y ejercerlas.

Es el Congreso Fuenteovejuna. No deja, por ejemplo, que el titular del Ejecutivo vaya al Congreso a dar su informe a la nación. Pero nadie es responsable de eso.

Nadie es responsable tampoco de haber permitido que el Ejecutivo contrajera los niveles de deuda y déficit que ahora debe corregir.

La oposición en el Congreso se beneficia de la fragmentación política que no le da a nadie poder suficiente ni para gobernar ni para oponerse.

Una mayor fragmentación nos espera en las elecciones del 2018, según las encuestas. La solución  al problema está enunciada arriba, de la pluma de Giovanni Sartori, la mayor autoridad mundial viva en la materia:

La solución es la segunda vuelta.

No gusta nadie, dice Sartori, quizá por ignorancia de los legisladores, pero más probablemente porque “mandaría a demasiada gente a casa”.

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