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Propuse ayer aquí que el miércoles era un buen día para que el gobernador de Guerrero, Ángel Aguirre, leyera las señales y dejara el cargo, atendiendo el exhorto que le hacían el PRI y el PAN, y un coro retumbante de las sociedades política y civil.

Dije que incluso sus otrora aliados y cercanos habían comenzado a sugerirle que se marchara todavía con un mínimo decoro. Qué equivocado estaba. Pintado de guerra y por lo visto designado para encabezar el primer frente de defensa, el senador Sofío Ramírez, del PRD, salió temprano por la mañana a exclamar que Aguirre no se va, porque quienes piden su renuncia son solo las voces irresponsables del centro del país.

El senador Sofío sabe que eso no es cierto, que hay un clamor contrario a Aguirre y una creencia de que su partida bajaría en algo la tensión en una entidad que no cesa de registrar sucesos impensables e inaceptables, como la quema ayer del palacio municipal de la estigmatizada Iguala, así como el saqueo de una plaza comercial.

Pero en sus palabras de defensa, el senador Sofío dibujó el nuevo recurso retórico de los aguirristas: somos tan responsables de Ayotzinapa como lo es el gobierno federal.

Aguirre, pues, se ha atrincherado con tres banderas:

1. Los senadores del PRI y el PAN quieren lincharnos.

2. Miles de guerrerenses están con su gobernador.

3. Si el gobierno federal la emprende contra nosotros, vamos a complicarles endiabladamente las cosas.

Lo que están diciendo, en buen romance, es: háganle como quieran, nosotros no nos vamos.

Y el que no crea, que haga la prueba.