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Un mérito, al menos, habrá que reconocer a los dirigentes del PRD: de tener las elecciones internas más conflictivas, pasaron a celebrar una tan plana donde pareció que lo único que no hubo fue… elección.

Idearon y ejecutaron tan bien el proceso para que nadie inquietara a Carlos Navarrete, que los poderosos rivales (Cuauhtémoc Cárdenas, Marcelo Ebrard, René Bejarano) apenas murmuraron su inconformidad.

Navarrete ganó de punta a punta con una rotundidad que no dio espacio a la vaticinada feroz lucha de clanes. Ganó con tal margen que ni siquiera tendrá contrapeso en la secretaría general, ahora en manos de su afín Héctor Bautista.

Dudo, sin embargo, que este desenlace sea el mejor para un partido urgido de convicción y espíritu de cuerpo. Los Chuchos son incuestionable mayoría, pero no parecen entusiasmar a nadie más que a ellos y sus amigos. Algo no necesariamente malo a la hora de armar pactos políticos, pero que no prefigura cosas buenas cuando lo que está a la vista es la elección más atemorizante para el PRD desde aquella de 1991 contra el trabuco salinista.

Navarrete y Los Chuchos demostraron su talento para dominar al partido. Ahora tendrán que ganar votos. Y no serán pocos los perredistas que no van a tener muchas ganas de colaborar.

Una derrota en 2015 los volvería a poner a merced de López Obrador, quien esta vez ya no será un “compañero” de partido. Y si él es el líder de la izquierda, qué más da quién presida el PRD.

Por eso, y pese a su triunfo arrollador, Navarrete está en riesgo de ser el último presidente de un PRD grande, que pese, que importe.