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No quiero ser como el borracho del chiste que va en sentido contrario en el Periférico, me dijo Juan Ignacio Zavala antes de publicar ayer en su imprescindible columna en MILENIO que renunciaba a una militancia de 23 años al PAN. Lo hizo con la categoría que tanto ha faltado en el partido para dirimir las recientes controversias.

“No tengo más que palabras de agradecimiento, me voy sin reclamaciones ni amarguras”, me dijo ya con el texto impreso. Después sacó el guante blanco: “No me gustaría ser de esos que están nada más enojados y criticando, porque eso no es beneficioso para el PAN ni para uno mismo”.

Juan Ignacio no exigió reconocimiento alguno, no pidió nada. Tomó su saco del perchero y se marchó como los grandes.

Creo que se hartó. Y estamos hablando de un hombre que soportó con nobleza el derrumbe del primer procurador panista, Antonio Lozano Gracia. De uno que luego de trabajar extraordinariamente en una campaña condena al desastre, debió alejarse de la política-política porque el Presidente de la República era su cuñado. Del que, me consta, se batió para evitar el cataclismo en la campaña de Josefina Vázquez Mota, a pesar de que los josefinistas no lo trataron bien cuando derrotaron a Ernesto Cordero, con quien Zavala colaboraba destacadamente.

A la política siempre le vendrán bien estos lances de inteligencia y generosidad. La vida no tiene por qué terminar en un conflicto, un oficio, un partido. Juan Ignacio se hizo a un lado para no chocar a toda velocidad. 

Porque en esos 23 años, él nunca fue un personaje de medias tintas. ¡Suerte en lo que venga!