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Javier Duarte, gobernador de Veracruz, se disparó ayer a los pies: tarde y mal, cometió la imprudencia de salir al vecindario cibernético a pelearse con Miguel Ángel Yunes, el candidato ganador que lo relevará en la gubernatura de Veracruz.

Sin prejuicio ni juicio sobre la honradez de cualquiera de los dos, la arremetida contra quien de por sí lo ha traído entre ceja y ceja, lejos de atemperar el encono que se dio como jamás antes en las campañas electorales en el estado, pavimentó el camino de la persecución ministerial que le espera.

Más allá de la solidez de los mutuos señalamientos de trapacerías, una sola de las frases proferidas contra Yunes (a quien evitó nombrar) puede significarle una pesadilla por el resto de su vida:

Hay quienes tienen un pasado de corrupción y perversiones, que tratan de ocultar tras un falso y ridículo disfraz de vengador justiciero…”.

¡Ah, chingá!

Pero qué necesidad de chapalear en el muladar de las insidias para resucitar la patraña de la pederastia con que se quiso aniquilar a su enemigo jurado.

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