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Me admira siempre de la retórica de los candidatos a la presidencia de Estados Unidos, su permanente discurso contra los políticos que están en Washington obedeciendo a los intereses creados y no a las urgencias de the American People.

Hacen ese mismo discurso todos los políticos, en particular los que tienen o han tenido funciones políticas en Washington, o han pasado por ahí para ser gobernadores o en largas vidas públicas como congresistas. Uno no se explica cómo tantos que han sido parte del engranaje de Washington hablan tan mal o hacen campaña prometiendo que corregirán lo que no han corregido mientras lo tenían a la mano.

Lo corregirán, sobre todo, cuando sean presidentes, es decir, cuando lleguen a ser el corazón y a tener el más alto puesto en Washington.

En la paradoja hay tanta verdad como esquizofrenia. Ningún político profesional puede cambiar la política si no ha pasado por ella y no la conoce. Y nadie puede alcanzar alguna estatura en la política estadunidense si no ha pasado y circulado por su corazón, que es Washington.

Dicen quienes han tenido que vivir en los pasadizos de ese corazón que no hay nada más desnudo, negociante, pragmático e irrespetable que la política a ras de tierra que se maquila en esa ciudad, en muchos sentidos la capital política del mundo.

Es una vieja queja de los diplomáticos que viven ahí y han padecido sus entrañas. Pero es sobre todo una queja de los políticos estadunidenses que pasan por ahí camino a una carrera política que, de ser exitosa, los conducirá nuevamente a ese sitio: el despreciable lugar de la política desnuda que se llama Washington DC.

Se trata, desde luego, de una vieja tradición estadunidense, una tradición, diría, fundacional, cuyo origen puede rastrearse quizá en el celo primitivo de las colonias a compartir su soberanía con un gobierno federal. El gobierno federal aparecía a sus ojos como un mal necesario.

Había que mantener a raya a esos políticos federales, que habían abandonado la fuente originaria de su legitimidad, la representación local, y andaban hablando de problemas e intereses ajenos a su vecindario.

Al que le gusten las salchichas y las leyes que no vaya a ver cómo se hacen, decía Bismarck, el canciller de hierro alemán. Los precandidatos a la presidencia de Estados Unidos parecen decir: “Al que le guste el sistema político estadounidense que no vaya a hacer política a Washington”.

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