
La astronomía moderna ha evolucionado y hoy en día se requiere tecnología más sofisticada, indicó el investigador de la UNAM, Joel Sánchez Bermúdez
La exploración del universo ha alcanzado un nivel de complejidad y costo en el que la colaboración global dejó de ser una opción para convertirse en una condición indispensable. Misiones científicas de gran escala, tanto en la Tierra como en el espacio, requieren un despliegue de infraestructura tecnológica de punta que rebasa la capacidad financiera e instrumental de una sola nación o institución, afirmó Joel Sánchez Bermúdez, investigador del Instituto de Astronomía de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM).
Es muy difícil que hoy una sola institución o país sea capaz de aportar una gran infraestructura tecnológica de punta que pueda ser competitiva”, destacó.

La era de las megaconstrucciones astronómicas
El desarrollo de instrumentos astronómicos de vanguardia ejemplifica esta dinámica de trabajo conjunto. Un caso emblemático es el Telescopio Extremadamente Grande (ELT, por sus siglas en inglés), actualmente en construcción en el desierto de Atacama, Chile, a cargo del Observatorio Europeo Austral (ESO).
Considerado el “ojo más grande del mundo en el cielo”, el ELT albergará un espejo primario de 38 metros de diámetro —una dimensión imposible de fabricar en una sola pieza— y una cúpula equiparable al tamaño de un estadio de fútbol. Su edificación solo ha sido factible gracias a la alianza de una veintena de países.
Un esquema de cooperación similar sostiene al Observatorio ALMA (Atacama Large/Millimeter Array), una red interferométrica de 66 antenas también ubicada en el norte chileno, que integra recursos y capacidades del ESO de Europa, el Observatorio Nacional de Radioastronomía de Estados Unidos (NRAO) y la Agencia Japonesa de Exploración Aeroespacial (JAXA).

Objetivos científicos: mayor resolución y análisis masivo de datos
De acuerdo con Sánchez Bermúdez, experto en el uso de datos interferométricos infrarrojos aplicados a la física estelar, las misiones contemporáneas persiguen principalmente dos propósitos:
Resolución de alta precisión: Obtener imágenes con mayor detalle de fenómenos conocidos, funcionando de manera análoga a una cámara fotográfica de máxima potencia. Ejemplo de ello es el Telescopio del Horizonte de Eventos, una red global alineada para capturar las imágenes de las sombras de los agujeros negros.
Grandes catastros celestes: Mapear de forma masiva miles de objetos para realizar análisis estadísticos generales. La misión Gaia, de la Agencia Espacial Europea, observa cientos de miles de estrellas en el plano galáctico para calcular su edad, movimientos y parámetros astrométricos.
A esta red de herramientas se suma el Telescopio Espacial James Webb, diseñado para estudiar el universo en luz infrarroja, cuyos hallazgos han permitido observar galaxias en sus etapas iniciales de formación, cuando el cosmos se encontraba en sus primeras fases evolutivas.
Una disciplina multidisciplinaria e impulsora de innovación

El desarrollo de este tipo de ciencia ha transformado la naturaleza misma del trabajo astronómico. Para alcanzar las metas actuales se requiere el diseño de tecnología inédita y de propósito específico, lo que posiciona a la astronomía como un motor fundamental de innovación tecnológica.
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En este marco, la disciplina se ha vuelto estrictamente multidisciplinaria. Ya no se limita a la labor de los astrónomos dedicados al análisis de datos, sino que demanda la integración de ingenieros en ramas como electrónica, mecatrónica, control y óptica, encargados de concebir, ensamblar y operar instrumental de última generación tanto en la Tierra como en el espacio.