A todos nos queda claro que el subdesarrollo de América Latina, el África subsahariana y una parte de Asia son consecuencias de la explotación que ahí instalaron primero las potencias coloniales y luego los Estados Unidos
Hace poco más de una semana, alrededor de ochenta mil africanos del Magreb —particularmente marroquíes— se lanzaron a la mar Mediterránea desde las costas del enclave español de Ceuta, prácticamente enfrente de Gibraltar. Allí se encuentra otro territorio en disputa entre los reinos de España y Gran Bretaña, de nombre Melilla, que es territorio ocupado por España.
El motivo de esta repentina incursión es fácil de entender y tiene raíces históricas. Gracias al llamado Brexit, los ciudadanos británicos votaron porque su país no se integrara a la Unión Europea, que sigue creciendo y consolidándose, pese a los embates de Donald Trump y los problemas económicos regionales, derivados del desigual desarrollo económico de los países que la integran.
Uno de los más significativos y visibles logros de la integración de Europa fue la creación del espacio Schengen: eso significa que dejaron de existir las fronteras y aduanas físicas entre los 29 países dentro de ese territorio, que son prácticamente la mayoría de los europeos de la Europa nórdica, media y occidental. Entrando legalmente a uno de esos países, es haber entrado a todos. De esta suerte, se puede viajar de un jalón desde Lisboa hasta Viena, a todos los países de Schengen, sin revisión de documentos o mercancías.
Esa realidad que favorece a la comodidad y al turismo representa hoy una sólida amenaza para toda Europa, tan temerosa de la invasión masiva de los africanos pobres a sus países ricos, en busca de empleo y mejor calidad de vida. Unido a la baja tasa de crecimiento demográfico de los europeos, frente a la proclividad de los pobres a reproducirse, tiene un rato sonando las alarmas seriamente por el miedo a la invasión étnica.
Ahora bien, un acuerdo de Gran Bretaña con Bruselas —desde donde se maneja la UE— llevó a España a quitar la frontera física entre la España territorial y Melilla: cayó la cerca. De esta forma, cualquier indocumentado que llegara a Melilla ya estaba en territorio Schengen, en la prometida tierra de Europa. Y al agua, migrantes.
Por eso la ola de los marroquíes hizo que Europa le dijera a España que, o resolvía el problema de esa migración, o la sacaban de la zona Schengen, de libre tránsito, y quedaba aislada. Pedro Sánchez, presidente español, tuvo que trasladarse al sur y tomar medidas radicales. Más de setenta mil migrantes fueron inmediatamente regresados a África. Con los demás, mayormente menores que viajaban solos, están en eso. Alrededor de cien africanos murieron en el cruce.
La situación es de alivio; no es un remedio.
Tampoco es un problema solo de Europa. Se trata de un choque cultural y económico mundial, del norte desarrollado frente al sur atrasado, que nos repercute de este lado del Atlántico rabiosamente. Entre las prioridades de Donald Trump, ejercidas brutalmente a través de ICE, se encuentra el tema migratorio de los prietitos.
A todos nos queda claro que el subdesarrollo de América Latina, el África subsahariana y una parte de Asia son consecuencias de la explotación que ahí instalaron primero las potencias coloniales y luego los Estados Unidos.
¿Y luego?
El mundo no sabe qué hacer ante el tsunami del sur.
PILÓN PARA LA MAÑANERA DEL PUEBLO (porque no dejan entrar sin tapabocas): El pasado reciente de nuestro país, continuado por el gobierno actual, tiene dos largas listas de lo que teníamos y ya no tenemos, gracias a López Obrador, y de lo que nos prometió darnos y nos quedó a deber.
En la primera lista, lo que el huracán tabasqueño se llevó, están las guarderías infantiles; el Seguro Popular; un sistema judicial deficiente pero más independiente; un magnífico aeropuerto en construcción, diseñado para ser el eje primordial de los cruces continentales; el INAI con su acceso a la información; una defensoría de los Derechos Humanos que podía mejorar, pero no era un apéndice de Palacio Nacional, y un aparato electoral que, mal o bien, mantuvo elecciones limpias y creíbles, al grado de reconocer el marginal triunfo del pejelagarto.
Eso por mencionar solamente lo que salta a la memoria.
En la segunda lista destacan las promesas que López Obrador no cumplió: la gasolina a diez pesos el litro; el mejor aeropuerto del mundo; la conclusión exitosa del proyecto de Don Porfirio de un tren transísmico, que ocuparía el papel del Canal de Panamá; un maravilloso y efectivo Tren Maya, que no solamente respetaría el medio ambiente de la Península, sino que la beneficiaría con el masivo turismo y las ganancias de su operación; una enorme farmacia con “todas las medicinas del mundo” al alcance de la mano de todo el país; un sistema judicial independiente, limpio y efectivo, y finalmente un sistema de salud pública que iba a ser “mejor que el de Dinamarca”. Por lo pronto.
No nos queda más que empezar a hacer la lista de lo que destruye el segundo piso del Cuatrote. Y de lo que nos va a quedar a deber.
