La presidente mexicana no solamente adoptó la causa de los sinaloenses y la defensa a ultranza de su inocencia: simultáneamente vio en el asunto Chihuahua la oportunidad de transformarlo en un proceso de política electoral y partidista rumbo al cambio de gobierno estatal que se acerca
No debiera sorprendernos la agresividad del discurso del otro día en el monumento a la Revolución de la señora presidente con A de mujer, para buscar algún motivo de celebración en el segundo aniversario de su mandato: las dictablandas, como la que padecemos, suelen acudir a ese recurso ante la impotencia —más bien incapacidad— de afrontar con inteligencia y éxito los problemas internos.
Se inventa un enemigo externo al cual echarle la culpa de todas las deficiencias.
Tal vez el mejor ejemplo fue el paso por el gobierno revolucionario, cruel y totalitario cubano, del argentino Ernesto Guevara, el primer poderoso ministro de economía del castrismo, quien tuvo el poder máximo y la impericia manifiesta de destruir la infraestructura que había edificado el golpista Fulgencio Batista por años, antes de salir huyendo la nochevieja de 1959 ante la inminente llegada de los barbudos. Si bien estaba fundamentada en los cultivos casi únicos del azúcar y el tabaco, pero principalmente en el turismo, la isla disfrutaba de una economía ascendente y de una clase media bien educada; lo cual viene siendo lo mismo que intensamente participativa social y políticamente.
Lo que se ha venido destruyendo en los últimos veinte años en México.
Para esconder sus yerros, “el Che” aprovechó la hostilidad del gobierno norteamericano que, inconforme por las inexistentes indemnizaciones por la expropiación de las industrias extranjeras en Cuba, inició lo que se ha conocido como el bloqueo comercial y el cerco económico de Cuba: era el culpable óptimo para cargar con la culpa del fracaso de las ambiciosas zafras que se casaron con el desplome del precio del dulce en los mercados mundiales, entre otras cosas.
La señora Sheinbaum, quien además del poder creciente del crimen organizado que manda en más de la mitad del territorio nacional y un flaco desarrollo económico tiene que lidiar con las arcas comprometidas que heredó y la corrupción endémica, decidió sacar el escudo de la soberanía nacional amenazada por el presidente Trump, para desviar la atención de los verdaderos problemas nacionales y sus causas.
Para ello se encontró dos casos propiciatorios de su causa: la participación —que tiene años de darse inevitablemente— de la CIA en las operaciones policíacas mexicanas en un importante y exitoso golpe al narco en Chihuahua, y la escandalosa acusación, por parte del Departamento de Justicia de los Estados Unidos, de diez importantes personeros del gobierno de Sinaloa, comenzando por el gobernador Rocha Moya, por vínculos evidentes e indudables con el narcotráfico, en contubernio con los procesos electorales, no solamente en ese estado.
La presidente mexicana no solamente adoptó la causa de los sinaloenses y la defensa a ultranza de su inocencia: simultáneamente vio en el asunto Chihuahua la oportunidad de transformarlo en un proceso de política electoral y partidista rumbo al cambio de gobierno estatal que se acerca. La gobernadora de Chihuahua, Maru Campos, es panista, y de pronto ante la carencia de liderazgos de oposición, la persecución de la presidente le lanzó al estrellato. A partir de ello, la presunta injerencia del gobierno de los Estados Unidos en los asuntos internos de México casi se convierte en casus belli. El presidente Trump está metiendo las narices, y algo más, en los asuntos internos de México.
Y eso, desde luego no se vale. Pero es muy útil para distraer la atención de los males locales.
Lo cual tiene un agravante: el presidente Trump, con su peculiar estilo personal de gobernar, tiene una piel muy sensible. Y extensa. En el momento actual mantiene múltiples conflictos internos y externos que le han impedido ver hacia el sur. Pero sin duda alguna no ha olvidado esta piedra-no-tan-pequeña en el zapato, que en su interpretación es el escaso control que la señora Sheinbaum tiene sobre su país, especialmente en el campo del narcotráfico.
A ese peligroso y poderoso gato la presidente de México quiere ponerle el cascabel proverbial.
PILÓN PARA LA MAÑANERA DEL PUEBLO (porque no dejan entrar sin tapabocas): En lugar de aminorar, la tensión social provocada en los Estados Unidos por la actuación de la policía migratoria, la mal afamada ICE, se ha incrementado.
Ninguna policía en el mundo está integrada por hermanas de la caridad o entes similares, y la naturaleza de su trabajo es por definición ruda; son los ejecutores primarios del monopolio que del uso de la fuerza tiene el Estado. Y las fuerzas policíacas de los Estados Unidos son buen ejemplo de ello.
En un estado que no suele ser conflictivo, como el de New Jersey, el choque brusco de migrantes en un centro de detención, que comenzó con una huelga de hambre de los presos por el maltrato y condiciones de detención, ya cumplió una semana de intercambio de golpes, gases lacrimógenos y manifestantes detenidos.
Con la posibilidad de que, dadas las condiciones semejantes en otras plazas, el fenómeno se contagie.
