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Por ahí de 1941, a un decenio del surgimiento de la XEW, “la voz de la América Latina desde México”, don Emilio Azcárraga Vidaurreta concedió la que fue la única entrevista de la que existe rastro haya dado. Se la hicieron dos periodistas argentinos, cuyos nombres no conservo, y es un documento importante que define con sencillez lo que don Emilio pensaba de la función social que los nuevos medios radiofónicos jugaban e iban a jugar.

El tamaulipeco de las grandes manos hablaba de la radio, pero pensaba en la televisión, que ya tenía lista en la faltriquera: diez años más tarde ya había pantallas con monitos en casas selectas de mexicanos.

Muy en su estilo directo, don Emilio decía que la radio, y posteriormente la televisión, eran las entidades más democráticas a las que el hombre podía acceder. Con el simple movimiento de la mano, el consumidor de los medios podía encender la voz o acallarla definitivamente, según lo satisfactorio le fuera el mensaje. Con el botoncito de al lado, el radioescucha podía seleccionar el mensaje de su preferencia. Lo mismo se iba a poder hacer con la futura televisión y la previsible diversidad de contenidos: la esencia del voto popular al cambiar de estación, subir o bajar el volumen o eliminarla.

El concepto puede o no ser discutible, pero me parece mucho más justo y decente que, a tantos años de esa entrevista, se nos quiera decir que el ejercicio de la democracia moderna consiste en repartir a los votantes papeletas premarcadas, llamadas “acordeones”, para elegir entre una turbamulta de leguleyos hambrientos de hueso a los hombres y mujeres que habrán de resolver todos nuestros diferendos, los jueces.

Los políticos en el poder, conscientes de esta virtud intrínseca de los medios electrónicos, decidieron acotarla: el Estado, como dueño del espacio de las ondas hertzianas, únicas entonces, por el que se desplazaban las señales de la comunicación, establecieron un pacto. El gobierno era dueño del espectro, pero concesionaría su uso, por lapsos establecidos, a empresarios o entidades que fueran capaces de darle contenidos valiosos.

Y así hemos caminado, sociedad, medios, gobierno, en convivencia cómplice, concubinato conveniente, matrimonio de infieles ocasionales, durante 85 años.

En un permanente estira y afloja sobre el ejercicio del poder, especialmente en el contenido de los espacios informativos: sin ejercer una censura previa a estos preciados bienes, el gobierno ha oscilado entre los dos extremos para filtrar su presencia: entre la meliflua sugerencia de dar más importancia a un enfoque que otro al difundir un hecho o la rapaz amenaza de quitar la concesión si no se cumple el deseo. Amenaza de ruptura de un frágil equilibrio social que ha funcionado.

Afortunadamente, la guillotina ha salido del armario solo un par de veces, que yo me sé.

La señora presidenta con A de mujer, en un pleito que ha hecho de verduleras con Ricardo Salinas Pliego y su Televisión Azteca, acudió el otro día a un término “medio”: invitó públicamente a los mexicanos a que no veamos las transmisiones de televisión de esa empresa.

El berrinche presidencial es una ofensa a la madurez de los mexicanos, que NO necesitamos —como en los acordeones electorales— que mamá nos señale con autoridad qué es lo que queremos. Ver, oír, comer o votar.

Peor aún es la intrínseca amenaza de acabar, de un mandarriazo, con esa esencia democrática y simple que mencionaba don Emilio Azcárraga Vidaurreta, el privilegio de escoger. Si se quiere ir más allá, acabar con un principio fundamental de los derechos humanos.

La libertad de expresión.

Le andan bullendo los pensamientos, señora presidenta con A.

PILÓN PARA LA MAÑANERA DEL PUEBLO (porque no dejan entrar sin tapabocas): Al aterrizar ayer el mentiroso gobernador de Nuevo León después de su paseo por Europa para inflar los falsos números de la inversión extranjera directa a nuestro estado, no solamente tuvo que ver el dantesco estado de sus obras interminables de las líneas del Metro que iban a estar transportando cinco millones de turistas para el inicio de la Copa Infantino. Lo que ven, todos los días, todos los viajeros que llegan por aire a Monterrey.

Las escenas de Berlín en 1945 no son más desoladoras.

Pero eso no es nada frente a lo que le espera a Samuelito, con el patrocinio de Morena, en forma de demandas penales.

Morena del centro, claro, la que vale.

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