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La educación básica en México (preescolar, primaria y secundaria) arrastra una desgracia silenciosa: el índice de aprovechamiento escolar figura en la antepenúltima posición entre las naciones de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), la 35 de 37, y a nivel mundial ocupa el sitio 51 de 81 países considerados en el Programa para la Evaluación Internacional de Estudiantes (prueba PISA), reflejando un vergonzoso rezago en comprensión de lectura, matemáticas y ciencia.

Estos indicadores no puede ignorarlos el titular de la Secretaría de Educación Pública, Mario Delgado, pero no forman parte de sus preocupaciones: se le ocurrió eliminar entre cinco y seis semanas de clases al ciclo que estaba previsto para 185 días y adelantar las vacaciones desde el 5 de junio.

Afectada la educación a causa de la pandemia y el abandono de las aulas de casi cuatro millones de niñas y niños, el tijeretazo a las clases agravará más el problema.

Ninguna de las dos razones que esgrime Delgado justifican lo que anunció como decisión y la presidenta Sheinbaum, condescendiente, calificó de “propuesta”: el calor y la Copa Mundial de Futbol.

La ocurrencia es de un populismo escandaloso: para “democratizar” la medida, Delgado preguntó a un grupo de alumnos si quería salir antes de vacaciones (le faltó consultar si prefería convertir las tareas en delito grave).

Entre la mutilación del ciclo escolar, las suspensiones habituales, los puentes, las marchas de la Coordinadora y la complacencia de autoridades estatales y sindicales, el riesgo es que los 185 días de clases se reduzcan a menos de 150.

Delgado esgrime que el recorte fue aprobado por todos los secretarios de educación de las 32 entidades (tres ya se echaron para atrás), pero no consideró a los padres y madres que tienen organizadas sus ocupaciones habituales de acuerdo con lo que estaba previsto y ahora, de prosperar la estupidez, tendrán que incumplir en sus trabajos para resolver el cierre de escuelas un mes antes y ocuparse de sus hijos, pagar cuidados adicionales o resignarse a que pasen jornadas enteras frente al teléfono celular, las redes sociales o en la calle.

El resultado es previsible: generaciones enteras atrapadas en un sistema ideologizado y mediocre que ahora, además, pretende enseñar que estudiar menos es un derecho conquistado.

La frivolidad de la contradictoria decisión-“propuesta” es evidente.

Resulta grotesco que una decisión que afecta a millones de familias se reduzca a un aplausómetro infantil. La educación no puede administrarse con dinámicas de animador de fiestas infantiles.

Ante la extrañeza o las dudas de la presidenta, Delgado se comporta como si el verdadero poder educativo residiera exclusivamente en él y ha reiterado sin titubear, que las clases terminarán anticipadamente.

El mensaje político es inquietante: la educación pública sometida a la lógica de la improvisación y la popularidad instantánea…

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@CarlosMarin¬_soy