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Los reporteros de diferentes medios que regularmente “cubren” las conferencias de prensa en la Casa Blanca de Washington, son una clase especial entre la muy especial clase de los reporteros llamados en los Estados Unidos Senior, que no necesariamente tienen que ser de edad avanzada. Están agrupados en la muy selecta White House Correspondents’ Association y la integran actualmente 900 individuos y 250 medios norteamericanos y del mundo. Desde luego, los que tienen acceso a la sala de prensa del presidente y al Salón Oval, son escogidos por la Casa Blanca. Todavía hay clases.

Aparte de reunir dinero para becar prospectos de buenos periodistas, la Asociación procura representar a los de la fuente ante cualquier obstrucción del flujo informativo por parte del gobierno, y desde 1921 organiza una cena para celebrar y honrar la Primera Enmienda de la Constitución de los Estados Unidos. Precisamente la que garantiza cinco libertades esenciales: de religión, expresión, prensa, asamblea y petición.

En esa tesitura, la cena de los periodistas de la Casa Blanca ha cultivado una tradición de ejercer la libertad de expresión al máximo posible, haciendo burla del presidente en turno, que habitualmente acudía a cenar con sus críticos y aguantaba vara.

Donald Trump fue la excepción; en su primer periodo rechazó las cuatro invitaciones. En el actual ejercicio, no asistió a la primera; llegó el sábado, muy puntual a la edición 2026 de la famosa cena, en el hotel Hilton de Washington. El evento ocupa ya alto nivel en la historia por lo que ahí sucedió a los 20 minutos de iniciada la cena, el primer discurso y el primer plato, una ensalada. Cuando sonaron cuatro balazos.

Más allá de la nota roja que ha inundado todos los medios desde ese momento, quiero señalar una paradoja: entre los más de dos mil comensales que se apretujaron en el salón de baile del hotel, en el primer piso, estaban —además de Donald Trump y señora— casi todos los miembros del gabinete: notablemente Marco Rubio, el secretario de la Defensa y el director del FBI, que tiene a su cargo la seguridad del presidente. Los comensales que no son del gabinete, eran selectos representantes de los profesionales de la noticia de los Estados Unidos y el mundo. Así, los encargados de dar la noticia se convirtieron por largas dos horas en protagonistas de un hecho insólito, que la Casa Blanca y la Fiscalía General de los Estados Unidos han calificado ya como un hecho planeado, iniciado y contenido que tenía como objeto matar al presidente de los Estados Unidos y a otros miembros de su gobierno, cuando sonaron cuatro balazos en el Hilton. Y faltaba mucho para las dos de la mañana.

Puede que hayan sido más. El presidente Trump confesó que al escuchar el ruido pensó, como muchos, que a algún mesero se le habían caído charolas metálicas con el segundo plato. De todas maneras, la ocasión es valiosa más allá de cualquier sueño de cualquier reportero: poder decir la noticia que nadie te contó, ¡porque tú la viviste!

Con el pequeño detalle de que, por obvias razones de seguridad, en el salón de baile del Hilton de Washington no hay señal audible de los teléfonos celulares. Por añadidura, los tiros, que aparentemente sí fueron cinco, fueron disparados por el terrorista de la semana, el californiano Cole Thomas Allen, de 31 años de edad, y que daba clases de matemáticas en el Lejano Oeste, y por los agentes que lo sometieron, en el piso de abajo.

Así que no vieron nada, porque nadie podía entrar o salir del salón. No podían reportear los supuestos reporteros de élite, y si hubieran sabido algo cierto, no lo podían comunicar. Fiera paradoja.

A más de 24 horas del suceso, todo lo que sabemos son conjeturas, especulaciones y datos vagos. Aunque el señor Allen tuvo la suerte de que los agentes del FBI no lo acribillaran a tiros, como hicieron el 13 de julio de 2024 en Pennsylvania con Thomas Matthew Crooks, el tirador que le rozó la oreja derecha con su disparo al entonces candidato Donald Trump.

Nunca nos enteraremos de parte de quién disparó el tal Thomas Crooks. Esperemos que el tal Cole Allen, de California, nos ilustre más. Yo adelanto que nunca sabremos quién estaba detrás del zipizape del sábado, como nunca sabremos quién mandó matar a Kennedy. O a Colosio, a Ruiz Massieu y a muchos otros. Parece que la historia norteamericana solo pudo resolver el magnicidio de Abraham Lincoln.

PILÓN PARA LA MAÑANERA DEL PUEBLO (porque no dejan entrar sin tapabocas): La voz de alarma sobre la presencia de plomo en la sangre de niños surgió en Nuevo León, cuna del movimiento Tierra y Libertad que parió el conveniente negocio que se hace llamar Partido del Trabajo, y se dedica a chantajear al Ejecutivo con un caudal de votos que difícilmente puede documentar.

También con un apoyo en el Legislativo que en fechas recientes se ha visto dudoso; pero eso es política, y dado que la política es el arte del verbo vacío, carece de importancia real. Lo que es dato duro es que los CENDI (Centros de Desarrollo Infantil) de Nuevo León es donde se ha detectado casi un centenar de niños que dan positivo al análisis de plomo en la sangre.

Que conste.

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