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En Veracruz, hablar de agua es hablar de extremos. De comunidades que cada año ven subir el nivel de los ríos y de hogares donde abrir la llave sigue siendo un acto de incertidumbre. Por eso, cuando desde el poder se afirma que el abasto está “garantizado”, la declaración no pasa desapercibida: se convierte, automáticamente, en una promesa que deberá sostenerse frente a la realidad.

La gobernadora Rocío Nahle y el director de la Comisión Nacional del Agua, Efraín Morales, lo dijeron con claridad: Veracruz tendrá agua suficiente. El respaldo político de la presidenta Claudia Sheinbaum fortalece esa narrativa, que se acompaña de una cifra contundente: más de 12 mil millones de pesos en un paquete de obras hidráulicas que busca marcar un antes y un después.

El eje central de este megaplan está en Coatzacoalcos, con la construcción del acueducto La Cangrejera–Coatzacoalcos, una obra de 13 kilómetros, con dos plantas de bombeo y una potabilizadora, capaz de suministrar alrededor de mil 200 litros por segundo. En términos prácticos, significa duplicar el abasto de agua en una de las ciudades más importantes del sur del estado y garantizar el servicio durante los próximos 30 años. No es menor: se trata de sustituir sistemas obsoletos como el Yuribia y pozos que han llegado al límite de su vida útil.

A la par, se anunció la rehabilitación del sistema Uxpanapa–La Cangrejera, con una inversión de 80 millones de pesos, enfocada en sostener el suministro en una de las zonas industriales más relevantes de Veracruz. Es una obra que, aunque menos visible, conecta directamente con la estabilidad económica de la región.

Pero el megaproyecto no se queda en el sur. En el norte, particularmente en Poza Rica y Álamo, se contempla una inversión cercana a los 5 mil millones de pesos para la reconstrucción tras afectaciones por lluvias. Aquí el enfoque es distinto: rehabilitación de cárcamos, limpieza y desazolve de canales, así como la reconformación de bordos de protección. Es decir, no solo se trata de llevar agua, sino de contenerla.

En Poza Rica, estas acciones se complementan con intervenciones específicas: el reencauzamiento del río Cazones, obras de protección a lo largo de 10 kilómetros, la operación del cárcamo en la colonia Gaviotas, la introducción de drenaje en zonas afectadas y la construcción de una nueva planta de tratamiento de aguas residuales, además de la modernización de la existente. Un paquete que, en conjunto, busca atender tanto la prevención de inundaciones como el saneamiento.

El componente ambiental también se refuerza con la rehabilitación de plantas de tratamiento en distintos municipios y la mejora de infraestructura hidráulica dañada. A esto se suma la conclusión de obras de protección en la zona de Paso Largo, con una inversión cercana a los 700 millones de pesos, beneficiando a municipios como Misantla y Martínez de la Torre.

Mirado en conjunto, el plan no es menor: acueductos, plantas potabilizadoras, rehabilitación de sistemas, drenajes, bordos, cárcamos, desazolves y obras de protección. A ello se añade una proyección de inversión adicional de 3 mil millones de pesos para 2026, enfocada en ampliar la cobertura de agua potable y drenaje en municipios que aún carecen del servicio.

Incluso, en el plano político, se suma otro anuncio relevante: el inicio del puente Coatzacoalcos III, que, aunque no es una obra hidráulica, refleja el contexto de inversión en infraestructura que acompaña este momento. Mientras tanto, temas como el reciente derrame de hidrocarburo en costas veracruzanas fueron minimizados por la autoridad estatal, al asegurar que fue atendido conforme a los protocolos.

Sin embargo, entre cifras y anuncios, hay una pregunta que persiste: ¿puede garantizarse el agua en un estado donde históricamente ha faltado planeación y continuidad? La magnitud de la inversión sugiere un intento serio por revertir rezagos, pero también eleva la expectativa a un nivel que no admite fallas.

Porque en Veracruz, el problema no ha sido la falta de proyectos, sino su permanencia. Obras que inician y no concluyen, sistemas que se rehabilitan sin mantenimiento, infraestructura que se vuelve obsoleta antes de cumplir su vida útil. Ese es el verdadero reto del megaplan: no solo construirse, sino sostenerse.

Hoy, el discurso es contundente: el agua está garantizada. Mañana, cuando lleguen las lluvias o cuando falte el suministro, será la realidad la que dicte sentencia. Y ahí, lejos de las conferencias y los anuncios, se sabrá si Veracruz finalmente logró domar su crisis hídrica o si, una vez más, el agua terminó por desbordar las promesas.

Esta columna se publica los lunes, miércoles y viernes.