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En un país donde el agua a veces no es potable pero la fe sí, siempre hay lugar para un nuevo milagro. Esta vez no viene en forma de aparición mariana ni de estampita sudada, ni de agua regional (remember Tlacote) sino de un cóctel intravenoso que promete, en una sola pinchada, lo que la vida entera nos ha negado: energía, hidratación, sistema inmune blindado. Es decir, prometen el cielo y sí, para empezar, entregan un acta de defunción.

El escenario es Hermosillo, Sonora, donde en un consultorio que parece haber entendido mejor que nadie el espíritu de los tiempos, el médico Jesús Maximiliano Verduzco Soto, ofrece lo que podríamos llamar una “actualización de software humano” vía intravenosa. Porque, seamos sinceros, ¿quién quiere comer verduras durante años si puede resolver todo con una jeringa y un cóctel de vitaminas con nombre de bebida energética?

La promesa es tentadora: llegar cansado, casi derrotado por la vida —o por la cruda, que es otra forma de derrota—, y salir renovado, como si uno hubiera pasado por un spa celestial con servicio express. En vez de sudar en el gimnasio o dormir ocho horas, basta con dejarse picar y confiar en que la ciencia, o lo que sea que esté detrás de la aguja, haga su trabajo.

El problema es que la realidad tiene la mala costumbre de no cooperar con la mercadotecnia. El último resultado de la terapia milagrosa es que hay once afectados de los cuales ocho murieron.

Tal parece que en México la línea entre medicina, negocio y espectáculo suele ser más delgada que la paciencia de un contribuyente en abril. La sueroterapia, que en principio tiene usos médicos legítimos en contextos clínicos bien definidos, se ha convertido en una especie de buffet de soluciones rápidas para todo mal moderno: estrés, cansancio, desvelo, tristeza, flojera y, en casos más avanzados, la falta de sentido de la vida.

Mientras tanto la autoridad sanitaria, esa figura que aparece siempre después del desastre, la Comisión Federal para la Protección contra Riesgos Sanitarios (COFEPRIS), ha emitido alertas sobre sueros intravenosos fraudulentos. Advertencia que como los letreros de “no nadar” en playas peligrosas, suelen leerse cuando ya alguien se ahogó.

Somos un país que cree en la virgencita, en el horóscopo, en la dieta de la luna y, ahora, en el suero milagroso. La fe se transforma, se adapta, pero nunca desaparece.

El problema no es creer. El problema es cuando la fe sustituye al criterio. Cuando dejamos de preguntar qué nos están poniendo, para qué sirve, qué riesgos tiene, quién lo avala. Ahí es donde la salud deja de ser un asunto serio y se convierte en una ruleta rusa intravenosa.

A fin de cuentas, el cuerpo humano no es un celular al que se le pueda cambiar la batería cada vez que se descarga. No hay atajos para todo. Hay cosas, como dormir bien, comer mejor, moverse un poco, que siguen siendo necesarias, por más que nos vendan lo contrario en una bolsa de suero con etiqueta elegante.

Hoy los sueros intravenosos se consiguen en plataformas como Amazon o Mercado Libre, como si fueran audífonos o cremas para las arrugas. Sólo fala que incluyan envío gratis y meses sin intereses: “llévese dos vidas extras y pague la tercera en cómodas mensualidades”.

La tragedia de Hermosillo debería de servir de vacuna contra la ingenuidad. Porque detrás de cada promesa de energía instantánea hay un negocio que entiende perfectamente algo: el cliente no quiere curarse quiere atajos. Y el atajo, ya se sabe suele ser la ruta más corta para llegar al problema.

Al final el “suero milagroso” sí cumple lo que promete: transforma la realidad. Lo que no especifica es en qué dirección. Porque una cosa es salir de la cruda y otra, muy distinta, salir de la vida.