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En política las derrotas no solo se cuentan en votos, también en símbolos. Este 11 de marzo de 2026, la presidenta Claudia Sheinbaum ha recibido un mensaje contundente desde San Lázaro: la mayoría calificada, con la que tanto presumió y amenazó, no es un cheque en blanco, sino un equilibrio débil que hoy se ha roto. Con el rechazo a su reforma electoral, la presidenta suma su segundo gran descalabro legislativo, dejando al descubierto que la disciplina de hierro en el bloque oficialista es cosa del pasado.

El primer aviso llegó temprano con la reforma contra el nepotismo y la reelección. Aunque era una bandera personal de la mandataria, sus propios aliados —y algunos cuadros de Morena— operaron para “congelar” su aplicación hasta 2030, protegiendo así las ambiciones de cacicazgos locales rumbo a las intermedias de 2027.

Este 11 de marzo la historia se repitió, pero con mayor gravedad. La reforma electoral, que buscaba la eliminación de plurinominales y un control más férreo sobre el sistema de votos, se estrelló contra un muro. Lo que más debería preocupar en Palacio Nacional no es el voto de la oposición —ya esperado—, sino el fuego amigo o, peor aún, la ausencia de una operación política efectiva que terminó por llevar la iniciativa al naufragio.

Con el rechazo legislativo, los rumores de una fractura entre Morena, el PVEM y el PT han dejado de ser murmullos de pasillo para convertirse en una realidad política. De cara a las elecciones del próximo año, los aliados parecen haber entendido que su valor aumenta cuando marcan distancia, especialmente cuando sus propios intereses chocan con la agenda de la presidenta.

Como suele ocurrir tras una derrota, apareció el viejo libreto de la victimización. En redes sociales ya circulan listas de legisladores señalados como “traidores al pueblo” por haber votado en contra. Más que una demostración de fuerza, parece un intento desesperado por ocultar lo evidente: la falta de consenso dentro del propio oficialismo.

Señalar a quien no está de acuerdo como enemigo de la patria es una estrategia que se desgasta con el uso. En lugar de buscar culpables en un supuesto plan opositor, el gobierno haría bien en mirar hacia adentro: el verdadero obstáculo de Sheinbaum parece estar sentado en sus propias curules.

Gobernar bajo la amenaza de la estigmatización digital tiene un límite. Cuando ese límite aparece, las mayorías dejan de obedecer y los aliados empiezan a recordar que también tienen votos propios.

Quizá no se trate de traición. Quizá sea, simplemente, política.

EN EL TINTERO

Veamos ahora la furia del plan B por parte del régimen de la 4T. Desde la tribuna de San Lázaro, Ricardo Monreal, coordinador de Morena, lanzó una advertencia: iniciaron ya los trabajos del Plan B.

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