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La cumbre de Trump en Miami: un giro ideológico en la diplomacia hemisférica
Foto de EFE/EPA/AARON SCHWARTZ / POOL

Por Daniel Zovatto

RADAR LATAM 360

Este sábado 7 de marzo de 2026, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, convocará en Miami a una docena de mandatarios latinoamericanos para la llamada cumbre Shield of the Americas (Escudo de las Américas).

Convocatoria y lista de invitados revelan más que una reunión multilateral: plantean una visión explícitamente ideológica de la relación entre Washington y el hemisferio occidental.

Según la Casa Blanca, el objetivo declarado del encuentro es promover la “libertad, seguridad y prosperidad en la región” y articular respuestas conjuntas a desafíos como el narcotráfico, las redes criminales y la migración irregular. Pero sería ingenuo reducir esta cumbre a eufemismos retóricos. Las prioridades estratégicas de la administración estadounidense subyacen a la selección de participantes, la misma que ha sido presentada por fuentes diplomáticas y medios internacionales: liderazgos afines a la agenda política de Trump en la región.

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Fotografía del 13 de febrero de 2026 del presidente de EE.UU., Donald Trump. EFE/EPA/Stan Gilliland

La lista de asistentes —que incluye, entre otros, a los presidentes de Argentina (Javier Milei), El Salvador (Nayib Bukele), Bolivia (Rodrigo Paz), Costa Rica (Rodrigo Chaves), Paraguay (Santiago Peña), Ecuador (Daniel Noboa), Honduras (Nasry Asfura), República Dominicana (Luis Abinader), Panamá (José Raúl Mulino), Guyana (Irfaan Ali) y el primer ministro de Trinidad y Tobago (Kamla Persad-Bissessar) — junto con el presidente electo de Chile, José Antonio Kast, compone un bloque que se distingue por su afinidad con la agenda de Washington: todos de centro derecha, derecha o ultra derecha incluso un libertario como el mandatario argentino.

Notablemente ausentes están los gobiernos de Brasil, México, Colombia Uruguay y Guatemala, todos ellos presidentes progresistas con liderazgos de centro-izquierda e izquierda o con posiciones más autónomas frente a Washington.

Este vacío no es casual: señala que la cumbre no reemplaza a los mecanismos multilaterales tradicionales —como la postergada Cumbre de las Américas en República Dominicana— sino que más bien constituye un foro diseñado para consolidar un eje político ideológicamente convergente, que yo llamo MALGA: Make America Latina Great Again, la prima latinoamericana de MAGA.

En Washington, se interpreta que este tipo de reuniones pueden articular una estrategia hemisférica de seguridad y economía que compita con la creciente influencia de China en la región. Hay que tomar en cuenta que esta reunión se da a 2 meses de la captura de Maduro, en pleno ataque a Irán y de previo a la cumbre de Trump con Xi en Beijing en abril.

El Departamento de Estado ha destacado el interés de contrarrestar inversiones y acuerdos estratégicos asiáticos, un eje que Trump ha elevado a prioridad geopolítica.

Sin embargo, esta apuesta estratégica entraña riesgos significativos. Primero, enajena —más que incorpora— a actores regionales clave que no comulgan con la visión geopolítica hegemónica de Estados Unidos. Segundo, al reforzar alianzas con gobiernos que enfrentan cuestionamientos por prácticas autoritarias o por debilitar la separación de poderes en sus propios países, la administración estadounidense corre el riesgo de proyectar un liderazgo que privilegia afinidades políticas sobre principios democráticos consistentes.

Peor aún, la narrativa de un bloque hemisférico alineado puede exacerbar polarizaciones internas en naciones que ya enfrentan tensiones sociales significativas. No se trata únicamente de una cumbre bilateral ampliada, sino de un intento explícito por reconfigurar la arquitectura diplomática latinoamericana sobre una base ideológica, más que sobre principios de cooperación inclusiva, y sobre valores como la defensa de los derechos humanos y el fortalecimiento del Estado de derecho y la democracia.

Si esta cumbre —y las siguientes que podrían derivarse de ella— aspiran a una cooperación genuina en seguridad, economía y gobernanza, deberán aprender de los errores del pasado y evitar replicar una dialéctica que valora la cercanía política sobre la pluralidad hemisférica.