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Cuando los radicales mandos militares rusos convencieron en 2022 a Vladimir Putin de que la ejecución de su sueño expansionista hacia Occidente, pasando por encima de Ucrania, era un pan comido que a sus tropas le tomaría dos o tres semanas de acción, el heredero de las ambiciones zaristas aprobó la invasión. Ayer se cumplieron cuatro años del inicio de la guerra europea más sangrienta de los últimos setenta años.

El número de muertos, civiles, soldados, rusos o ucranios excede el millón doscientos mil. La destrucción es enorme en la zona del Donetsk, región de población rusoparlante que proporcionó a Putin el pretexto para la invasión: el reclamo de los rusos de Ucrania.

La realidad es distinta: la tierra negra del país no es solamente la más fértil que se conoce en el mundo, lo que hace que Ucrania sea considerada el granero del mundo; esa tierra contiene además los raros minerales que el desarrollo de la tecnología les ha hecho subir de precio.

Pero por encima de las consideraciones económicas, está la ambición política de expansión, que Rusia arrastra desde el zarismo. Así comenzó esta larga historia con la invasión de la estratégica Crimea y su puerto Sebastopol, sobre el Mar Negro. La ubicación de Crimea ha determinado que en un milenio de historia haya sido territorio turco, tártaro, cimerio, ruso, griego y de otras etnias. Desde 2014 está ocupada por Rusia y reconocida por el mundo como parte de Ucrania. Solamente Rusia y Bielorrusia no lo aceptan así.

En gran medida, el fracaso de la operación militar rusa obedece al rechazo casi universal. La Unión Europea no solamente es solidaria con el gobierno de Volodímir Zelenski de los dientes para afuera: se traduce en ayuda militar y económica. Al grado de que Putin ha llegado a afirmar que Ucrania está desarrollando armas nucleares con el apoyo de Gran Bretaña y Francia. Canadá apoya con dinero y armas a la resistencia ucrania.

Otro motivo del fracaso ruso es la evolución del arte de la guerra: los generales de Moscú imaginaron una invasión terrestre, de tanques y eso, tomando metro a metro. Los combates de hoy tienen llenos los cielos de esos artefactos que conocemos como drones. Estos aparatos que parecen juguetes, no solamente transportan cámaras y dispositivos para transmitir información valiosa para los ataques. Llevan también bombas. Irónicamente, uno de los países productores y comerciantes de drones mortales es Irán.

A cuatro años de distancia, Rusia tiene otro enemigo: su crisis económica, debilitada por la caída a menos de cuarenta dólares del barril de petróleo, su principal fuente de ingresos. Sus clientes principales son China y la India, que aprovechando el desplome siguen pidiendo “precio de amigo”.

Zelenski no la tiene tan fácil tampoco. Los ucranios ya se cansaron de ver morir a sus hombres, reclutados en una moderna leva. No hay nacionalismo que aguante tanto. El mundo también está ya cansado de esta guerra.

O tal vez necesite de otra para su perversa diversión que esconde el negocio. Los barcos de la armada norteamericana ya han de andar merodeando cerca de Irán.

PILÓN PARA LA MAÑANERA DEL PUEBLO (porque no dejan entrar sin tapabocas): Doña Claudia Sheinbaum nos quedó a deber ayer su proyecto de reforma electoral, que iba a dar a conocer en la mañanera antes de enviarla a un legislativo “casi” dócil.

El problema es precisamente esa docilidad dubitativa.

Morena necesita los dos tercios de los votos en las cámaras para aprobar la reforma constitucional. Sin los votos de los minoritarios Verde Ecologista y Partido del Trabajo, que son negocios familiares desde su surgimiento, no obtiene la aplanadora. La chiquillada se niega a darle sus votos decisivos porque la reforma electoral de la señora presidenta con A propone una austeridad agresiva y necesaria.

Reducir el financiamiento a los partidos en un 20 por ciento. Modificar el método de las candidaturas plurinominales, quitándole el privilegio a los concesionarios de esos partidos, principalmente. Y ya sabe que el órgano más sensible del cuerpo de los políticos es el bolsillo.

PT y Verde no dan su brazo a torcer. La señora tampoco. Es un juego de vencidas sin vencedor