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La presidenta Claudia Sheinbaum no cesa de elogiar a Marx Arriaga.

Ayer volvió a enaltecerlo porque es honesto y “no hay nada que demuestre lo contrario”.

Resaltó su doctorado, su cultura, sus publicaciones y su “gran trabajo” al frente de la “nueva escuela mexicana”, y le reiteró “todo nuestro reconocimiento”.

También redujo las críticas al ex machuchón a una embestida “de la derecha”, como si las objeciones Marx provinieran exclusivamente de un frente conservador y no de especialistas, maestros, pedagogos, padres de familia y académicos que han documentado lo sectario de política educativa obradorista en la enseñanza básica (primaria y secundaria) y los errores y pifias en los libros de texto gratuitos.

“Que comparen su currículum con el de sus críticos”, desafió Sheinbaum.

Con esa defensa, lo lógico no fue despedirlo sino que no lo hubiera promovido para sustituir a Mario Delgado como titular de la Secretaría de Educación.

El caso deja un sabor desagradable. Si Arriaga es tan valioso, tan honesto, tan culto y tan eficaz, ¿por qué fue removido de un tercer cargo en importancia (dirección general) en una secretaría de Estado?

No se le destituyó por un currículum débil sino por insubordinación, que en cualquier institución pública o privada justifica los despidos.

Los elogios de Sheinbaum se desbordan aun después de que Arriaga inventó que le pidieron eliminar de los libros de texto referencias a movimientos sociales. Y aseguró que la SEP quiere  congraciarse con el empresariado de los “alimentos chatarra” (entre otros Bimbo, Coca-Cola y hasta Google) y que Delgado trabaja para la privatización de la educación, la proliferación de escuelas particulares y el encarecimiento de colegiaturas.

En sus arrebatos no sólo apuntó contra Delgado sino a la jefa de ambos, Claudia Sheinbaum, pero la presidenta insiste en encomiarlo.

Arriaga fue lector y sinodal de Beatriz Gutiérrez Müller (esposa de López Obrador) para su doctorado en Teoría Literaria. El dato no es menor y se da por descontado que su nombramiento fue impuesto por la pareja ex presidencial.

De ahí se explica su nombramiento en la tercera posición de una secretaría de Estado, con la trascendental encomienda de crear la “Nueva Escuela Mexicana” y elaborar los libros de texto que salieron plagados de pifias y barbarismos (que está buen dicho dijistes, llegastes, oístes, como mal hablaba López Obrador) y dislates aritméticos como multiplicar “cuatro peras por dos peras” para obtener “ocho peras” (lo cual es una estupidez”.

Al mentor de Sheinbaum y Arriaga le bastaban 10 por ciento de experiencia y 90 por ciento de honradez para integrar su equipo, pero Sheinbaum pondera los doctorados y las publicaciones con especial énfasis.

Si de verdad cree que Arriaga es un dechado de virtudes, su despido resulta incomprensible.

Pero si, por el contrario, detectó en él un problema serio de disciplina y lealtad institucional, los elogios post-mortem no vienen al caso.