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Hay mucho de cortesanía política y algo de puñalada trapera, o de estocada fraterna, en lo que dice Julio Scherer Ibarra sobre López Obrador a lo largo del libro que firma con Jorge Fernández Menéndez, Ni venganza ni perdón.

Mucho humo ha salido ya de este espejo de costumbres del ex habitante de Palacio y de sus maneras gubernativas, del hielo y el miedo que acompañaban su mando: sus ocurrencias, obligatorias para todos, y sus necedades, innegociables para él.

Coincido en que lo verdaderamente revelador del testimonio de Scherer, por otro lado ameno en sus historias, es el fondo de su relato, la pesadilla de trabajar no en el país pero sí en el gobierno de un solo hombre.

En los muchos pasajes del libro que son pura cortesanía política, pueden leerse cosas como ésta: López Obrador “nunca modificó ni quiso modificar la voluntad popular”.

(Salvo, admite el propio Scherer, en el caso de Omar Garcia Harfuch, quien ganó por 20 puntos la encuesta interna para ser candidato a la Ciudad de México y le fue negada. De ahí en fuera: nunca).

En pasajes menos abundantes, pero frecuentes y significativos, el libro suena a puñalada trapera o a estocada fraterna, como se quiera.

En esos pasajes pueden leerse cosas como éstas:

“Andrés Manuel era incapaz de correr a las personas. Pero el frío político que generaba era como un iceberg. Era espantoso. Cuando el presidente te dejaba de tomar en cuenta, era como si se te hubiera acabado el mundo. Y el mundo del gobierno en los pasados seis años se llamó Andrés Manuel López Obrador. Él gobernaba, él decidía, él actuaba, él conversaba, él estaba en todo”.

O:

“Muchos funcionarios públicos enmudecían frente al presidente. Comentaban en los pasillos, en las reuniones, pero no trataban los temas duros con él”.

O:

“Nadie quería ser parte de una mañanera; nadie quería que López Obrador lo exhibiera en público. Pudo haber excesos: muchos salieron lastimados y golpeados, ofendidos o ridiculizados, pero cuando el presidente planteaba un tema, difícilmente querías meterte con él”.

Gobierno de un solo hombre: frío, temido, enmudecedor.

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