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Mentes más lúcidas que la de un servidor han señalado en los años recientes que es tal el poder que ha acumulado la 4T, que la verdadera oposición terminaría gestándose dentro del propio movimiento: una implosión. Y es que, al adueñarse de la narrativa diaria, el régimen se brindó a sí mismo el escenario perfecto para ello.

Esa implosión, o al menos un esbozo, parece comenzar a tomar forma con la publicación del libro “Ni venganza ni perdón”, de Julio Scherer Ibarra y Jorge Fernández Menéndez, en el que el primero narra su paso por la Consejería Jurídica de la Presidencia.

Lo que se expone en el libro no proviene de una investigación opositora ni de un medio considerado “enemigo del régimen”. Viene de alguien que estuvo dentro del engranaje de la 4T, alguien que conoció al “monstruo” desde adentro. Dicho de otra manera: las afirmaciones no llegan desde fuera, sino desde el corazón mismo del movimiento.

Pero pongamos el desorden.

Si bien el libro tiene el potencial de generar una implosión justo en una de las líneas de flotación del régimen —la honestidad—, lo cierto es que existen muy pocas posibilidades de que el gobierno “4tero” haga algo frente a las revelaciones que involucran a personajes de alto perfil del movimiento, como Jesús Ramírez Cuevas.

¿Por qué digo lo anterior? Déjenme explicarles. En primer lugar, el actual régimen dinamitó cualquier contrapeso institucional que pudiera existir y reconfiguró al Estado mexicano hacia una concentración de poder sin precedentes. Lo más probable es que todo termine en una maroma monumental: el gobierno dirá que los señalados son funcionarios ejemplares, hombres y mujeres “honestos”, fieles al movimiento y víctimas de una campaña de desprestigio.

En segundo lugar, como señalé en mi colaboración “Se busca líder”, publicada el pasado 5 de febrero, del lado opositor no existe un liderazgo capaz de capitalizar los errores del gobierno. Y conviene aclararlo: no hablo de capitalizar para destruir, sino de presionar para corregir el rumbo.

Y es aquí donde me pregunto: ¿hasta cuándo?

¿Hasta cuándo seguirán las maromas para justificar lo injustificable: la corrupción, la mala gestión gubernamental, las complicidades?

¿Hasta cuándo seguiremos soportando a gobernadores como el de Sinaloa, que aseguran que todo está bien mientras su estado se desangra?

¿Hasta cuándo aguantaremos la soberbia de personajes como Layda Sansores, gobernadora de Campeche, que se creen intocables sin entender que lo que están haciendo es cavar su propia tumba política?

¿Hasta cuándo se darán cuenta de que no gobiernan para un movimiento, sino para un país?

Urge que los ciudadanos retomemos el control y que el “movimiento” entienda que debe corregir el rumbo en varios aspectos, porque —como ellos mismos coreaban en sus marchas— “el pueblo se cansa de tanta pinche transa”.

EN EL TINTERO

No sé qué espera el Senado para desaparecer poderes en Sinaloa. A estas alturas resulta evidente que ahí nada funciona bien. Basta ver los recientes secuestros de mineros y turistas en la entidad.

No se trata de administrar el caos.
Se trata de resolverlo.

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