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Es una pena que la presidenta Claudia Sheinbaum desaprovechara la inamistosa, inaudita, cínica y burlona celebración trumpiana del triunfo del ejército estadunidense en la ominosa guerra de hace 178 años contra México.

Como se sabe, la conflagración terminó con el despojo del territorio que desde entonces ocupan California, Nuevo México, Utah, Nevada, Arizona y partes de Colorado, Oklahoma, Kansas y Wyoming.

Al pedirle su opinión antier, la mandataria se limitó a una frase defensiva, evasiva y escueta:

“Ya saben cuál es mi opinión, no somos Santa Anna. Hay que defender la soberanía siempre”.

Muy poco para un episodio que escuece, pese a que abunda material para una respuesta firme, sin escalar el conflicto que hay entre su gobierno y el de su desproporcionado “homólogo”.

No hacía falta invocar a Santa Anna (encarnación del oportunismo que apoyó lo mismo a liberales que a conservadores y 11 veces presidente-dictador), para fijar una postura enérgica, inapelable y digna.

Entre muchos, bastaban datos de la guerra misma y su carácter descaradamente expansionista para dejar en claro, sin decirlo, la bajeza de la celebración en la Casa Blanca.

Derrotado, Santa Anna terminó firmando el Tratado de Guadalupe que selló la cesión de 55 por ciento del territorio mexicano.

Bien a bien, del saldo no solo fue culpable Santa Anna porque la guerra fue premeditada, concebida y provocada por el depredador James Polk para extender fronteras a costa de un vecino debilitado en las disputas posteriores a la Independencia.

Sheinbaum debe conocer, pero no lo esgrimió, un argumento de oro: Abraham Lincoln, siendo congresista, se opuso con firmeza a esa contienda. La calificó de expansionista, inmoral e inconstitucional, y exigió que se precisara el punto exacto donde habían sido muertos soldados estadunidenses —Polk decía que en su país— porque sabía que se habían internado en México para provocar la conflagración.

Pocos recordatorios resultan tan incómodos para los discursos triunfalistas como la crítica de uno de los personajes más venerados de la historia por la mayoría de los estadunidenses.

Aquella guerra se desató tras la anexión de Texas en 1845 y concluyó en el 48, después de que la bandera gringa ondeara sobre Palacio Nacional.

Otro argumento que Sheinbaum pudo recordar fue la gesta del Batallón de San Patricio, integrado por migrantes irlandeses, alemanes y otros europeos que desertaron para combatir del lado mexicano por afinidad religiosa, cultural y rechazo a la invasión. Esos militares fueron capturados, declarados traidores y ahorcados en San Ángel y Mixcoac, o marcados con hierro candente con una D de Deserter en el rostro, después de batallas heroicas para defender, entre otros lugares, Churubusco (se les conmemora los 12 de septiembre, pero rara vez se les alude en los discursos oficiales del 13, cuando se conmemora a los cadetes caídos en Chapultepec).

Y hay muchos otros datos históricos irrebatibles, pero ya para qué, si se perdió la oportunidad…