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No deja de sorprender, para mal, la pasión de los morenistas por el lujo personal, el dinero inexplicado y la exhibición monetaria del poder.

El reciente escándalo de la nueva Suprema Corte sirviéndose rumbosamente con nuevas camionetas de lujo blindadas, es un síntoma más del acusado síndrome de nuevo riquismo que aqueja a la clase política venida al poder con Morena.

No que faltara eso en la política mexicana de otros tiempos, es que nunca fue tan desfachatado y cotidiano como ahora.

El desfile de objetos de lujo con que los políticos morenistas tienen llenos sus armarios y sus alhajeros no tiene fin, ni sus dueños vergüenza: relojes, pulseras, anillos que cuestan millones; vestidos, zapatos, chamarras de las marcas más caras; viajes y estadías turísticas en hoteles de lujo; casas de financiamiento inexplicado, patrimonios multiplicados en el curso de un puesto, escándalos sin fin por contratos multimillonarios otorgados a socios, amigos, empresarios creados ayer, todos hambrientos de fortunas rápidas, impunes todos, protegidos por la complicidad de la tribu morenista que puede tener muchas diferencias internas, pero no la de tomar de donde haya, mientras se pueda.

Se puede mucho, y sin costo, salvo el de exhibirse y mostrar el cobre, lo que no parece quitarles el sueño.

Estamos ante una clase política incontinente en su nuevo riquismo. Y a lo largo de toda la escalera: de los hijos del expresidente López en la cúpula, a los más desconocidos alcaldes de Veracruz, Puebla o Chiapas, a los más visibles miembros del Congreso.

El nuevo riquismo de los morenistas es la expresión personalizada del dispendio general que rige los modos del gobierno de Morena, cuya especialidad es gastar miles de millones en elefantes blancos, como el Tren Maya o Dos Bocas, y echarle dinero bueno al malo, como en los interminables rescates financieros de Pemex.

La exhibición del tren de gasto personal de los políticos de Morena, no inhibe a estos nuevos ricos del bienestar para seguirse exhibiendo, para ostentar, sin rubor, riquezas personales inexplicables, prendas, casas, viajes, gozosa, ostentosa, ávida corrupción.

Y todo bajo el estribillo, más desfachatado todavía, de que “primero los pobres”.

Nuevos ricos pobristas: ni la burla perdonan.