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La pobreza laboral afecta de forma desproporcionada a las mujeres; en todas las entidades hay más mujeres que hombres en esta situación

La historia camina por el lado malo, decía Engels. No sé cómo lo decía: si sugiriendo que la historia progresa por sus explosiones o sólo que la historia es violenta y loca de por sí.

El asalto de Trump sobre Maduro viene del lado malo de la historia: no por el lado de la ley o la razón, sino por el lado de la fuerza.

Fue un acto de fuerza contra un dictador que se mantenía en el poder por la fuerza. O Un acto violento e ilegal contra la dictadura ilegal y violenta que gobierna Venezuela.

Esto es importante: la gobierna todavía.

¿Mejorará Venezuela con la violenta intervención de Trump? No lo sabemos.

La sustracción de Maduro abre una puerta al cambio, pero esa puerta no conduce a la restauración de la vida política democrática que fue muchos años orgullo de aquel país.

Hay en Venezuela ciudadanía suficiente para esa restauración, como quedó claro en las elecciones ganadas por Edmundo González y María Corina Machado en 2024, elecciones obscenamente desconocidas por Maduro.

Pero lo que está en la mesa, después de la erradicación de Maduro, no es una restauración democrática. Lo que asoma es el propósito de Trump de poner a sus órdenes la dictadura que queda en Caracas.

Maduro está preso en Manhattan, pero el régimen bolivariano sigue intacto en Venezuela. Sus cadenas de mando, intereses, crímenes, opresiones y complicidades están sacudidas por el golpe, pero no se han desmoronado.

La sustituta de Maduro es Delcy Rodríguez, aprobada y descrita por Trump, en un primer momento, como una mujer dispuesta a hacer lo que le pidan. Delcy Rodríguez apareció en público, sin embargo, como una aguerrida y deslenguada defensora de la revolución bolivariana.

Trump aceptó al principio su tono retador, confiado, con su secretario de Estado Rubio, en que podrán forzarla a entregar lo que le piden. Trump la amenazó después con un destino peor que el de Maduro, si no hace lo que le dicen.

Veremos.

Lo que Washington le pide a la dictadura venezolana, entiendo, es que acepte sus decisiones estratégicas sobre el petróleo y sobre las relaciones de Venezuela con China, Rusia, Irán y Cuba. Que se deje gobernar: una dictadura manejada desde Washington.

Suena viejo, histórica, catastróficamente familiar.