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Me sorprende la ligereza con la que algunos analistas mexicanos han juzgado el discurso del miércoles por la noche del presidente Donald Trump, y la implícita amenaza de acciones militares en contra de Venezuela.

Por encima del ostentoso sitio naval del país bolivariano, se erige con mayor trascendencia el núcleo de la argumentación del país más poderoso del mundo,  que parece pasar inadvertido en México.

El New York Times sintetiza lo dicho por el presidente Trump: “Estados Unidos creó la industria petrolera de Venezuela. Venezuela robó yacimientos petrolíferos estadounidenses mediante expropiaciones. Ahora, Estados Unidos quiere recuperar esos activos”. En 1976 Venezuela expropió los bienes de Exxon Mobil, Shell y Chevron.

El trasfondo del discurso me remite a 1938 y a México.Esos son los argumentos que la Standard Oil y la Shell esgrimieron entonces: les estábamos robando.

El primer pozo petrolero en México se perforó en Tabasco durante el breve segundo imperio mexicano. Maximiliano fue el que dio los primeros permisos para extraeer petróleo. Porfirio Díaz fue el gran impulsor, entre otras cosas, de la industria petrolera, y Limantour facillitó la llegada de capital extranjero, principalmente de Inglaterra y los Estados Unidos para el desarrollo de esa industria. Carranza, en 1917 con la Constitución, restableció la soberanía del país sobre el subsuelo, artículo 27.

En eso andábamos cuando en 1934, al finalizar la presidencia de Abelardo L Rodríguez, el impulsor de los casinos, se crea Petromex (¿le suena?) y AGPN, Administración General del Petróleo Nacional. Se trataba de competirle en la refinación, distribución y venta de combustibles a las empresas extranjeras. A la sazón Mexican Eagle Oil Co. y Huasteca Petroleum Co. Las dos eran compañías “mexicanas” cuyos dueños eran los accionistas de Shell, en Holanda e Inglaterra, y de Standard Oil, en Estados Unidos. Hubo media docena de otras empresas menores.

Llega 1938, el sindicato de trabajadores petroleros, que inventó Lázaro Cárdenas, le canta la lucha a los extranjeros, pidiendo ganar lo mismo que los obreros en sus países, seguro de vida, y otras minucias. Ante la negativa de los dueños, la Suprema Corte decide que los obreros tienen razón y Lázaro Cárdenas, el 18 de marzo de 1938, a las diez de la noche, anuncia por radio la expropiación petrolera.

Desde luego que ya nos sabemos la historia.

Lo que se nos olvida es que entonces, las compañías extranjeras lanzaron su propia campaña mediática en conra del “robo” del que habían sido víctimas. La prudencia del presidente Roosevelt, o más bien las instancias de la inevitable Segunda Guerra Mundial, hicieron que las compañías de Estados Unidos aceptaran el trato con Cárdenas y recibieran -en abonos- su indemnización. Los ingleses siguieron chingue y chingue hasta que Hitler les hizo voltear la cara a otro frente.

Donald Trump ha retomado el argumento de la Shell, la Standard Oil, la hoy Amoco y diferentes marcas de gasolina, para reclamar que los ricos yacimientos petroleros de Venezuela, hoy de PEDEVENSA, una réplica de PEMEX, menos desafortunada, pertenecen a los Estados Unidos.

Y, dice, va por ellos.

PARA LA MAÑANERA DEL PUEBLO (porque no dejan entrar sin tapabocas): Una simple pregunta: ¿en qué quedó la embajada en “un país amigo” para el hoy emproblemado Alejandro Gertz Manero? Otra, si se permite, ¿la condición de testigo protegido para el prófugo regiomontano sigue en pie?

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