Minuto a Minuto

Nacional Ministro Hugo Aguilar se pronuncia sobre incidente: “En cuanto me percaté le pedí que no continuara”
El ministro Hugo Aguilar aclaró que el incidente difundido esta mañana en redes sociales fue sacado de contexto y no refleja su actuar institucional
Entretenimiento El cantante británico Zayn Malik anuncia tres conciertos en México durante gira ‘Konnakol’
Zayn Malik arrancará su gira por México el 14 de junio en Monterrey, días después en Guadalajara y en la Ciudad de México
Internacional Bannon, Epstein y sus conspiraciones “vaticanas”: “Derribaremos a Francisco”
Jeffrey Epstein planeaba financiar organizaciones católicas para incursionar en el Vaticano con la intención de deponer al papa Francisco
Nacional ONG organizan Congreso de las Familias para abordar el reto de los divorcios en México
El INEGI registró que la tasa nacional se situó en 1.86 divorcios por cada mil habitantes adultos, con entidades como Nuevo León
Internacional Aumento de la migración en EE.UU. no aumenta la violencia, según estudio universitario
La Universidad de Cincinnati señaló que no hay evidencia de que el aumento de la inmigración incremente los tiroteos de pandillas, mortales o no

Para el sentido común y la experiencia cotidiana es ofensivo que se discuta si la explosión de un coche bomba es o no terrorismo.

Lo ocurrido el sábado en Coahuayana, Michoacán (cinco muertos y 7 lesionados) no es una rareza semántica ni un dilema doctrinal: provoca terror, busca infundir miedo colectivo. Es una estrategia criminal para someter amplios territorios.

El 1 de enero de 1994 aterrorizaron las explosiones de coches bomba en un centro comercial de la capital (cinco heridos), otra frente al llamado “palacio federal” de Acapulco, y en junio siguiente una en Guadalajara (cinco muertos, diez heridos), y 12 años después (6 de septiembre de 2006) fue terrorífico que tiraran cinco cabezas humanas en un centro nocturno de Uruapan, Michoacán.

Quienes insisten en que el terrorismo persigue fines “políticos, ideológicos o religiosos” parecen ignorar que los criminales llevan más de 20 años persiguiendo el control político: imponen a sus operadores en municipalidades, financian campañas, manipulan elecciones, cobran derecho de vida en comunidades enteras y amedrentan a gobernadores, alcaldes y hasta autoridades “de más arriba”.

¿No persiguen un fin político? ¿Llamarlos terroristas aplica solo si sus perpetradores usan turbante y hablan árabe, inglés o francés?

El bombazo del sábado está precedido por horrores que cualquier país civilizado reconocería como terrorismo: decapitaciones, descuartizamientos, cuerpos colgados en puentes, fosas clandestinas, etcétera, etcétera.

Asumir que es terrorismo no significa “acatar” o “someterse” a Donald Trump sino aplicar el Código Penal Federal (artículo 139), respaldar la definición de las Naciones Unidas y respetar los acuerdos internacionales aprobados por el Senado.

Hasta la Fiscalía General de la República lo entendió así… durante unos minutos, y reculó:

En su comunicado inicial calificó de “terrorismo” lo sucedido en Coahuayana, pero después, deduzco que modificado por la fiscal Ernestina Godoy, degradó el delito a “delincuencia organizada”, como si un coche bomba fuera equiparable al viejo delito de “asociación delictuosa”, y no un recurso dirigido a paralizar a toda una región mediante el miedo.

No es jurídico el problema: es político y cultural.

En el obradorato se ha extendido el puritanismo conceptual de su patriarca: temor a llamar las cosas por su nombre.

La explicación parece ser que, de reconocer el gobierno que en México hay terrorismo, sería aceptar que perdió el control territorial y existen zonas de excepción donde las bandas criminales operan de facto como insurgencias armadas con fines de dominio político.

Por eso la insistencia en eufemismos, como si el lenguaje moraloide pudiera borrar la realidad o reducirla a trámite.

Es terrorismo, sin duda, y la necedad oficial por negarlo, tiene consecuencias: diluye la gravedad de los hechos, impide clasificar adecuadamente los riesgos, obstaculiza la cooperación institucional e internacional y, lo peor de todo, normaliza la barbarie…