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En el vasto Reino de Petrolonia, donde el petróleo brotaba del suelo como si la tierra llorara lágrimas negras, había una empresa gigantesca, conocida en la localidad como la Gran Saqueadora del Energético. Allí trabajaban criaturas de todos los pelajes, pero ninguna tan vanidosa y pomposa como el señor Pavo Real, recién ascendido a un puesto de relumbrón al que, según costumbre de la región, tenía que sacarle provecho.

Instalado en el puesto, el señor Pavo Real, comenzó a codearse con la alta fauna política y empresarial, esas bestias que caminaban erguidas no por elegancia, sino por costumbre de cargar pesados maletines cargados de billetes. Entre ellas destacaba don Rugido, un león corpulento y dueño de la empresa Contratos y Mordidas S.A. Era tan hábil para los negocios confusos que podía firmar un contrato con una pata mientras con la otra cobraba comisión.

El señor Pavo Real, le asignó a don Rugido un contrato millonario, consistente en investigar “científicamente” si en Petrolonia había más corrupción que petróleo. Don Rugido y su manada de consultores trabajaron arduamente, moviendo papeles, acomodando cifras, lavando guarismos y planchando estadísticas. El estudio concluyó un empate técnico: corrupción 50%, petróleo 50%.

Pero a don Rugido nunca le gustaron los empates. Decía que un empate era como un rugido sin eco: no servía para nada. Así que, con gran discreción —que en Petrolonia equivalía a hacerlo a través de la televisión abierta—, le ofreció al señor Pavo Real un moche motivacional. Tras la adecuada lubricación ética, el marcador se inclinó: corrupción 80%, petróleo 20%. La ciencia triunfaba una vez más.

Además de ser rey de las consultorías dudosas, de las factureras inciertas y de las evasoras de impuestos más conspicuas, don Rugido era propietario del extravagante Concurso de Belleza Salvaje, celebrado anualmente en la Gran Cañada de la Turbiedad, un espectáculo donde criaturas femeninas de todos los rincones competían por la corona más brillante de Petrolonia.

Por poco se le olvida al narrador, decir que el señor Pavo Real, tenía en sus haberes y deberes una hija. Una Pavita de no malas plumas, de grácil figura en edad de merecer… de merecer un premio a su hermosura, no mayor a la de otras criaturas, pero para su padre el fiel reflejo femenino de su atractiva masculinidad.

Pavita fue inscrita en el Concurso de Belleza Salvaje, al que llegó acompañada de su tía materna, una Urraca astuta y muy bien conectada, conocida como la directora de la oficina gubernamental “Para Devolver al Pueblo lo Robado o de lo Perdido lo que Desaparezca”. La tía sabía cómo influir, aconsejar y manipular votos con la misma naturalidad con la que recuperaba recursos extraviados en su trabajo aunque éstos, en la práctica, se desencaminaban.

En el jurado destacaba una criatura: El Ruiseñor, famoso músico de nombre sospechosamente parecido al del Águila Real, jefe de seguridad del reino, quien al descubrir los arreglos secretos entre don Rugido y el señor Pavo Real, tiró el arpa y les pintó un violín. Renunció a su cargo alegando falta de transparencia. “No puedo juzgar belleza en una caverna oscura”, trinó antes de desaparecer, dejando el evento con un hueco moral de tamaño “Llorarás”.

A pesar de la renuncia, el show continuó, en Petrolonia lo único que nunca se detenía era el espectáculo. Con la tía Urraca susurrándole estrategias al oído, Pavita avanzó de ronda en ronda. Don Rugido, desde la sombra, guiñaba un ojo al señor Pavo Real, quien con orgullo lo devolvía como quien sabe lo que son sus alas.

Finalmente, el anuncio retumbó por toda la Cañada de la Turbiedad: “La ganadora es… ¡Pavita del Reino de Petrolonia!”.

Los aplausos se mezclaron con murmullos, los rugidos con risitas nerviosas, y los buitres sobrevolaron el escenario esperando recoger los restos del escándalo que inevitablemente seguiría.

Moraleja: cuando la corrupción compite, siempre gana por mayoría absoluta.