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En México tenemos una costumbre curiosa: cuando llega un evento grande el Gobierno convierte cualquier idea —cualquiera— en política pública. Y ahora que el Mundial 2026 está a la vuelta de la esquina, el país entero parece haberse convertido en un gigantesco salón de fiestas futbolero.

La cifra es delirante: 74 Mundialitos. No es metáfora, es literal. Setenta y cuatro. Súmele seis copas más y millones de personas convocadas como si estuviéramos compitiendo por el Récord Guinness de la mayor cantidad de torneos anunciados en una conferencia de prensa.

El menú es variado: futsal femenil, futbol sin correr para mayores de 50, torneos para niñas y niños con Síndrome de Down, competencias para jóvenes de calle, partidos de calentamiento con mascotas que promueven la masa muscular “ideal” y la salud de los huesos, y hasta futbol con robots. Uno ya no sabe si esto es política deportiva o un episodio especial de Black Mirror.

El IMSS ampliará su oferta deportiva; el DIF pintará 266 murales, abrirá 377 escuelas de futbol y organizará el “Mundialito de los Derechos”; Gobernación rescatará más de 4 mil canchas y, junto con el IMJUVE, coordinará más de 10 mil 600 murales para que el país entero se vea “colorido y en paz”.

Y Profeco, para no quedarse atrás, promete un “Quién es Quién en el Mundial” y una plataforma para recolocar boletos y combatir la reventa. Ahora sí, dicen, nadie será engañado. A ver.

Todo esto está envuelto en la misma promesa de siempre: el deporte como camino a la paz, la armonía, la salud, la juventud y la unidad nacional. Un sueño precioso. Pero mientras armamos torneos para cada nicho y pintamos murales hasta en los árboles, las canchas reales siguen inseguras, las escuelas deportivas siguen sin presupuesto serio y los hospitales siguen colapsados.

No es que el deporte no sirva; sirve y mucho. El problema es esta costumbre nacional de ponerle capa de “gran evento” a problemas que llevan años pidiendo soluciones profundas. Los murales no sustituyen políticas públicas. Las mascotas no curan la obesidad. Los torneos no resuelven la violencia. Y el entusiasmo no paga la factura del abandono institucional.

Ojalá esta fiebre futbolera deje algo más que fotos, hashtags y discursos triunfalistas. Porque si no, lo único que estaremos haciendo es lo de siempre: pateando el balón para que ruede lejos de los verdaderos pendientes.

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