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Volver a su linaje conservador, aceptar la polarización que domina al país, dejar de buscar el centro y asumirse como un partido de derecha, como ha hecho el PAN, puede ser un camino redituable.

Asumir la polarización es asumir también la combatividad. A mí no me gustan las versiones caricaturales de la polarización, no me gustan las del gobierno, ni las de la oposición, pero no deja de haber eficacia en esa retórica. La física política del mundo nos dice que a los errores de los regímenes de izquierda o liberales suelen seguir movimientos y gobiernos de derecha.

A Lula y Dilma Rousseff, en Brasil, les siguió Bolsonaro. Al correísmo, en Ecuador, Novoa. Al bipartidismo salvadoreño, Bukele. Al kirchnerismo argentino, Milei. Al evismo, Rodrigo Paz.

Entre la derecha conservadora tradicional y la derecha extrema hay diferencias enormes. Tanto como entre las izquierdas socialdemócratas modernas y las izquierdas dictatoriales.

Las etiquetas izquierda y derecha confunden más de lo que aclaran. Otorgan calificaciones difíciles de probar en la práctica. Una dicotomía analítica más clara y medible es la de dictadura y democracia, con los matices intermedios.

Es muy clara la diferencia política que hay entre la deriva autoritaria de gobiernos populistas que se han impuesto en el mundo y las libertades y la institucionalidad de las sociedades que se han conservado democráticas, plurales y regidas por la ley.

Muy clara también es la diferencia entre dictaduras catastróficas de izquierda, como Cuba, Venezuela o Nicaragua, y casi cualquier otra opción, incluida la de los regímenes liberales, que conservan márgenes de pluralidad y legalidad democráticas, aunque su proyecto sea la autocracia, como México.

La llamada izquierda ha gobernado muchos países. Sólo ha dado buenos resultados donde ha sabido convivir con la creación de riqueza.

Donde ha sido dictatorial, ha sido una catástrofe. Lo mismo que la derecha. Las catástrofes concurrentes del fascismo, el nazismo y el comunismo en el siglo XX derivan de su índole dictatorial, no de sus ideologías declaradas.

La dictadura es una amenaza mayor que la llamada derecha, y la llamada izquierda un beneficio menos cierto que la democracia.