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Creo que no hay ya ninguna duda de que el gobierno de la presidenta Sheinbaum ha decidido combatir al crimen, no abrazarlo.

La batalla será larga, porque la indolencia frente al hecho lo fue también y el problema ha tomado dimensiones que se antojan invencibles.

Tanto, que los sustantivos logros que anuncia el gobierno en esa materia se reciben con incredulidad o pesimismo, porque, junto a los logros de la nueva batida contra el crimen, está la presencia diaria del propio crimen, una avalancha de espeluznantes hechos de sangre, ejecuciones, desaparecidos, descuartizados, fosas clandestinas, complicidades siniestras de la autoridad y los delincuentes.

Los números del fin de los abrazos son elocuentes. Entre el 1 de octubre de 2024 y el 25 de marzo pasado van 15 mil 887 criminales presos, entre ellos varios capos de cuenta; mil 347 kilos y 2 millones de pastillas de fentanilo decomisados; 644 laboratorios y almacenes de droga intervenidos, y 8 mil 222 armas confiscadas.

La batida empezó sin que el gobierno explicara bien lo que se propone: ni su estrategia, ni sus objetivos, ni sus métricas de rendimiento, es decir, qué buscan, cómo piensan conseguirlo y en qué van respecto de lo buscado.

Se parecen mucho hasta ahora al procedimiento de combate al crimen del ex presidente Felipe Calderón. ¿Mi opinión? Mejor así que repartiendo abrazos.

Nos enteramos casi todos los días de nuevas acciones de combate al crimen, un detenido aquí, otro allá, unos laboratorios desmantelados, un enfrentamiento, unos detenidos, otros, un decomiso gigante de huachicol, otro significativo de fentanilo… La cuenta acumulada del cambio de estrategia es impresionante. Merece por lo menos la toma de nota de que el gobierno pasó en ese ámbito de la omisión a la acción.

Quizá estas cifras acumuladas, con lo notables que son, no signifiquen un avance profundo, decisivo, en la erradicación de la inseguridad, porque la montaña por subir es muy alta.

Pero demuestran que el gobierno puede hacer una diferencia sustantiva si pelea contra el crimen en lugar de abrazarlo.

Es decir: de que se puede, se puede. Veremos hasta dónde, pero yo diría que no va mal y, sobre todo, que no le paren.