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Joaquín López-Dóriga me llamó a la redacción: “Tengo dos entradas para los toros ¿vamos?”. Fui por los toros y acabé viendo a miles de personas aclamar a Joaquín. No fue una fiesta brava, fue una fiesta al periodismo.

Corrida de aniversario de la Plaza México. Cincuenta mil espectadores. Había acompañado antes a gente de la vida pública en escenarios grandes. Cuando mejor les iba, recibían una rechifla, alguna mentada.

Pero no con Joaquín, aquella tarde. A la salida, apenas le permitían avanzar: saludos, palmadas, sonrisas, fotos o, simplemente, asentimientos con la cabeza. Respeto. Joaquín tenía para todos una frase, un gesto: una estrella sencilla.

Avanzábamos por centímetros en el tumulto: Joaquín abrazado, saludado; Joaquín abrazando, saludando. Desde otra perspectiva, podría parecer un caos. Pero había un ambiente de comodidad, de orden: se llama ángel, y algo con lo que no todos nacen.

Sucede igual con Joaquín en el estudio. Te sientes en casa, una tarde de verano, tomando una cerveza y comiendo un plato de papas fritas. Ocurre como con algunos cantantes: aunque sea en un concierto de multitudes, parece que sólo cantan para ti. Sí, se llama ángel.

¿Aquella corrida? Joaquín trató de explicarme, como un escolar sencillo, pero nunca entendí. Yo sólo pensaba en Muerte en la tarde, el mejor libro de Ernest Hemingway sobre toros que, por cierto, es muy actual, hoy que en la CDMX prohibieron las corridas:

“Se puede hacer de las gentes dos grandes grupos: los que, por hablar con el lenguaje propio de la psicología, se identifican con los animales, es decir, los que se ponen en su lugar, y los que se identifican con los seres humanos. Creo, por mi experiencia y mis observaciones, que los que se identifican con los animales, los amigos profesionales de los perros y de otros animales, son capaces de mayor crueldad con los seres humanos que quienes no se identifican espontáneamente con los animales”.

Los toros marcaron el inicio y el fin de la carrera de Hemingway. En 1960, la revista Life le pidió un reportaje corto sobre la rivalidad de la temporada de ese año en España entre los matadores Manuel Ordóñez y Luis Miguel Dominguín.

Pero Hemingway, al sentarse frente a su vieja Royal portátil en la mansión La Cónsula, Málaga, descubrió que ya no sabía acortar un manuscrito y envío 120 mil palabras. Life sólo publicó extractos. En 1985, Scriber’s lo editó como libro: El verano peligroso.

En la Plaza México seguía la corrida. Joaquín se empeñaba en hacerme entender lo que ocurría. Un toro se negaba a rendirse. Y yo pensaba en el viejo Santiago, que llevaba 84 días sin coger un pez en la Corriente del Golfo:

“Un hombre puede ser destruido, pero no derrotado”.