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Los mexicanos tenemos un litigio viejo con España. Es un litigio de historia patria con una España en gran medida imaginaria, hija fruto de nuestra historia y de nuestras necesidades de fundación nacional.

La unidad española se consolidó mediante la exclusión de todo lo que no fuera católico. La nacionalidad mexicana se afirmó, durante el siglo XIX, negando su legado hispánico.

Una equivocación. Un enorme desperdicio. Porque fue precisamente durante los tres siglos de la Nueva España cuando se dio el tránsito histórico de mayor envergadura para el México de hoy: la aparición de una población propiamente mexicana, fruto de la mezcla racial y cultural iniciada en la Colonia.

De espaldas a España durante el siglo XIX por razones políticas, la naciente nación mexicana dio la espalda también a la zona mayor de su propio pasado: la formidable mezcla de la Nueva España.

La política triunfante en el siglo XIX mexicano fue liberal, enemiga del conservadurismo hispánico, y laica, opuesta a la herencia católica novohispana.

La Revolución mexicana de 1910 hizo visible la extraordinaria diversidad del país. Las décadas posteriores ampliaron considerablemente el imaginario nacionalista de México, particularmente en su reconciliación retórica con el pasado indígena.

Pero no hubo reconciliación con la Nueva España. El primer gran acercamiento de México y España se dio con la España del exilio, la España republicana, perdedora de la guerra civil.

Fue una diáspora rica que fecundó la cultura y la política de México y que validó el rechazo, por buenas razones, de la dictadura de Franco.

Lo que sucedió en España después de la muerte de Franco probó que la modernización económica y la democracia política eran posibles en el país cuyo legado, supuestamente, frenaba la modernidad de los países de raíz hispánica.

El más grande error que se comete en la enseñanza de nuestra historia, ha dicho Luis González, es igualar la historia de México con la historia de lo sucedido en el territorio de lo que hoy llamamos México.

Seguimos cometiendo ese error con España. Lo que México necesita es abrirse a la realidad y a las lecciones de la España moderna, en vez de seguir peleando con la España antigua, por su mayor parte imaginaria.