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El título de la columna de hoy es el mismo del libro de Beatriz Gutiérrez Müller, presentado en el Zócalo capitalino antes de ayer martes y tema de mi columna de ese mismo día. El interés despertado por la publicación en mí como lector, fue tal, que me propuse opinar sobre ella en una especie de reseña. El libro tiene distintas aristas: no es una biografía; mucho menos un libro de política donde se justifique un período presidencial. Tampoco es una novela. Es una obra con atisbos de ensayo filosófico; con señales de la inteligencia y la cultura de quien la escribe; y con la impronta de la educación, el sentido de la vida y los valores de la autora; donde se respira, a través de sus páginas, un largo aliento de humanismo.

Lo anterior me obligó a dedicarle una segunda entrega. Las lectoras y los lectores consuetudinarios —espero tenerlos— tal vez percibieron que en mi texto anterior no toqué el acercamiento, que las circunstancias de la vida, hicieron que la historiadora y escritora, Gutiérrez Müller, tuvo (o tiene) con el más alto poder político de la Nación.

Y es que su libro no trata, fundamentalmente, de eso. En su obra hay mucho de crítica y de reprobación hacía el patriarcado, así como por el sometimiento estético de la mujer. Un detalle: la mayoría, de las pocas veces, que se refiere a su marido lo hace con el acrónimo AMLO. Es hasta la página 193 —de 247— cuando se ocupa abiertamente del tema conyugal, lo hace para mencionar el texto del discurso que la autora dijera en Minatitlán, Veracruz, en la campaña lopezobradorista cuyo video su marido compartió el 27 de mayo de 2018 a través de las redes sociales. Trascribo el principio de la disertación:

“Buenas tardes a todos: Hay varias ideas, varios imaginarios que tienen que acabarse, para la verdadera transformación de la vida pública de México tenemos que comenzar a pensar y actuar diferente. Por ello hoy he venido a proponerles que pongamos fin a la idea de la primera dama, ¿por qué? En México no queremos que haya mujeres de primera ni de segunda; tampoco queremos que haya hombres de primera ni de segunda”.

Como el libro no tiene desperdicio y yo poco tiempo para entregar mi texto, reproduzco dos párrafos de la sección titulada “No somos propiedad de nadie”:

“En estas hojas, lector, lectora, reitero que la esposa de un gobernante debe decidir qué hacer porque nadie es dueño de su vida, al menos en México. Yo no soy propiedad de mi esposo ni del gobierno. Todas las mujeres somos libres de decidir por dónde queremos, podemos o debemos andar. Eso es lo que nos permiten las leyes y lo que corresponde a una República democrática y de derecho en la que quiero vivir y que ha costado tanto edificar (…)”.

“Como cualquier persona que ayuda a su pareja, hago lo mismo. Incluso, con cuidado, porque para ser respetado hay que respetar. Mi pareja no debe entrometerse en mi empleo ni en mi trabajo; no ingresa a mi computadora a cambiar mis textos o revisar o meter mano; quizá, si le comparto mis ocupaciones, trabajos o situaciones profesionales, me dé una excelente opinión (…) Del mismo modo, no debo meterme en su trabajo y menos sin su consentimiento. Cuando me pregunta mi opinión sobre algún tema responde lisa y llanamente lo que pienso. Nuestra relación es horizontal, crítica y respetuosa”.

Punto final (verídico)
Hoy al mediodía tuve que ir al centro de la ciudad. Entré a una librería. Me encontré con una señora que estaba pidiéndole a una empleada el libro que aquí he citado sin saber bien el nombre. Por cortesía, intervine, y le dije; “Feminismo silencioso”. Sí, ándele es ese. La empleada enseguida lo trajo. Está muy bueno —le digo— léalo. No es para mí —respondió— mi esposo me lo encargó.