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Gone with the Wind. Lo que el viento se llevó.

No he podido, o tal vez no he querido, descifrar quien fue el primero en pronunciar la frase epónima del periodismo, de que no hay nada más viejo que el periódico de ayer. En sí, es un reconocimiento tácito de que la “última hora” de la que muchos informadores presumen, nace muerta; tal vez fue la última hora de anoche, cuando el director cerró la edición y mandó a andar la impresora. Cuando el diario llega por la mañana a ojos y manos de los lectores la última hora se antoja lejanísima en el tiempo. Ya es obsoleta.

Desde luego que la frase se comenzó a decir antes de que la radiodifusión comenzara a separarse de su función de difundir música y vender discos, para comenzar a decir noticias; no se diga de la llegada de la televisión informativa a la mitad del siglo pasado o de la velocidad informativa de hoy, que con los teléfonos minúsculos trajeron la democratización de la información con todas las consecuencias positivas y lamentables que conlleva. O contrae. Con su teléfono en la mano, cada usuario se siente investido no sólo como testigo de la realidad sino automaticamente difusor de un registro de ella, así sea mínimo o inexacto.

Por otra parte, al convertir el hoy en un ayer inmediato y el mañana en un incierto hoy, estamos dando muerte a la esencia del historiador, que no es más que un reportero venido a más: la memoria.La sobrevaloración de lo inmediato priva de su importancia a lo trascendente. De esta manera lo que paso ayer ya no tiene importancia y se va al olvido: lo que rifa es lo que está pasando en este momento. Algo que de inmediato ya se nos debe olvidar.

Y no me refiero solamente al ridículo intento de aprovecharse del impacto emocional de las noticias en beneficio de una politiquería pueril. El repetido sonsonete de que la difusión de las noticias ingratas -como el incremento de la violencia en todo el país o el asesinato de un chamaco en la tierra del presidente López, Paraíso, Tabasco- es parte de una magna conspiración en contra de Lopitos y su prestigio personal, es la mejor prueba de esta oligofrenia.

Dentro de un rato se cumplirá una semana en que vientos “atípicos” echaron al suelo el templete de un mitin político en San Pedro, Nuevo León. Murieron nueve personas y unas cuatro más llevarán el resto de sus vidas cicatrices imposibles de olvidar. Los deudos de los muertos recibirán cuatroscientos mil pesos para que ya se callen. Los lesionados cien mil. Todo ello de las arcas del estado, que no guardan la nada despreciable fortuna personal del gobernador Samuel García, sino el dinero que los contribuyentes abonan con sus impuestos.

Y nada más. No hay responsabiliades, no hay previsiones, no hay castigo a los irresponsables, no hay deslindes. Ya, olvidémonos, eso ya pasó. Ya se lo llevó el viento.

Yo me pregunto qué harán los vientos típicos, cuando los atípicos pueden encubrir tanto mugrero.

PARA LA MAÑANERA, porque no me dejan entrar sin tapabocas): Ayer escuché a una jovencita decir que no es cierto que los jóvenes carezcan de interés por la política y que ela sí acudirá a votar, como sabe que muchos de sus coetáneos lo harán. El problema, dijo, es que no sabemos por quién votar: ninguo de los candidatos a la presidencia ha mostrado interés por los jóvenes. No solamente no nos escuchan; ni siquera nos hablan. No les interesa lo que a los jóvenes nos interesa: tener un trabajo cuando terminemos de estudiar, igualdad de género, la comunidad LGBT, lo que está pasando en el mundo, en Palestina o Ucrania. No nos hablan.